Cuando la despedida se convierte en fiesta: cinco rituales que le cantan a la vida
De Nueva Orleans al Pacífico, de México a Ghana y Bolivia, la muerte se despide con música, color y comunidad. Recorrido por tradiciones funerarias que transforman el duelo en celebración compartida.
La esquina de cualquier barrio porteño, en una mañana cualquiera, suele tener ese ruido de fondo que es pura vida: un delivery que toca bocina, un perro que cruza la calle, dos vecinas que se detienen a charlar sobre la vereda. Pero esta vez arranco la nota con una imagen lejana, que llegó a mi escritorio y me dejó pensando varios días: una banda de jazz caminando por una calle de Nueva Orleans, detrás de un féretro, tocando cada vez más fuerte a medida que el cortejo se acerca al cementerio. La gente no llora en silencio: baila. Y entonces uno se pregunta si llorar es la única manera de despedir a alguien, o si hay otros modos, tan válidos como el nuestro, de honrar a los que se van.
Porque el duelo tiene muchas formas, y en distintas culturas la despedida de un ser querido convoca música en las calles, altares con comida y flores, baile colectivo o incluso humor. Lejos de negar el dolor, esas tradiciones lo procesan de manera activa y compartida, y cumplen una función social y psicológica concreta: permiten compartir el peso, expresar emociones y transitar la pérdida en comunidad, en lugar de quedarse a solas con lo que parece insoportable.
Nueva Orleans: el funeral que termina en baile
En Nueva Orleans, cuando alguien muere, una banda acompaña el cortejo desde la iglesia hasta el cementerio. La música empieza lenta, casi un lamento, y se vuelve festiva con el avance del recorrido. Familia, amigos y vecinos bailan junto al féretro, y hasta los desconocidos se suman a la marcha. No es irreverencia ni olvido del que se fue: es una manera de honrar la vida que fue y, al mismo tiempo, de acompañar a los que quedan. Como me dijo Roberto, un vecino de San Telmo que conoció la tradición en un viaje: "Allí no despiden al muerto, lo despiden a uno mismo de la tristeza, y después siguen". Acá, en Buenos Aires, eso nos suena raro, y sin embargo tiene una lógica que cualquiera que haya perdido a alguien entiende: a veces el cuerpo necesita moverse para que el alma empiece a soltar.
México, Bolivia, Ghana y el Pacífico: cuatro mundos, una misma idea
- México: el Día de Muertos, reconocido por la UNESCO como patrimonio cultural intangible, parte de la idea de que las almas regresan transitoriamente al mundo de los vivos. Las familias arman altares con las comidas favoritas del difunto, flores, velas y objetos personales. Los cementerios se llenan de colores y de gente que pasa la noche junto a las tumbas. La muerte no se vive como ausencia sino como presencia, aunque sea breve.
- Bolivia: cada 8 de noviembre se celebra la festividad de las Ñatitas en el Cementerio General de La Paz. Los creyentes llevan cráneos humanos, los visten, los adornan con flores, coca, cigarrillos y velas, y los hacen bendecir. La tradición sostiene que esas calaveras cuidan el hogar y pueden interceder por quienes las veneran.
- Ghana: la creatividad aparece en el ataúd. Es frecuente que la familia encargue un féretro con la forma del oficio o la pasión del difunto: un pescado para un pescador, un avión para un piloto, un pollo para un criador. La ceremonia puede durar tres días e incluye coreografías durante el traslado del féretro, con músicos y bailarines que llevan al muerto hasta su tumba como si fuera un rey.
- Pacífico surfero: la despedida ocurre en el agua. Los deudos forman un círculo sobre sus tablas en el mar, arrojan flores al centro y cada uno dice algo sobre el fallecido. Si hubo cremación, las cenizas se dispersan en ese mismo lugar, mezcladas con la espuma de una ola que, según cuentan, se lleva el último tramo del viaje.
Mirado desde acá, desde esta ciudad donde muchas veces el velorio dura apenas unas horas y el duelo se vive puertas adentro, todo esto puede sonar ajeno, exótico, casi ajeno a nuestra manera de ser. Y sin embargo, cuando uno se sienta a conversar con quien perdió a un padre, a una madre o a un amigo, aparece siempre la misma queja: "no tuve con quién hablar, no sabía qué hacer, la pasé solo". Los rituales que repasé no son modelos para copiar punto por punto, pero sí recuerdan algo que a veces se nos olvida: que el dolor compartido pesa menos, y que tener un marco, un momento y un lugar colectivo para expresar lo que se siente ayuda, y mucho, a transitar la pérdida.
Me quedo dando vueltas con una idea que me regaló Marta, una vecina de Caballito que perdió a su marido el año pasado y que todavía recuerda cada dos por tres: "El día que me dejen despedirme a mi manera, sin apuro, sin vergüenza, ese día voy a poder empezar a vivir de nuevo". Tal vez, en el fondo, de eso se trata.
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