El peso se cae del mapa: la calma cambiaria no alcanza para ganarle a la inflación
El dólar lleva cuatro días clavado en $1.535 y el blue bajó cinco pesos, pero el que ató sus ahorros a la moneda estadounidense sabe que la diferencia con los precios sigue siendo una carrera perdida.
La mañana del jueves se levantó con una brisa tibia en el sur de Santa Fe, de esas que el productor de la zona ya reconoce como señales de que la campaña gruesa viene bien encarrilada, aunque todavía falta agua en el perfil del suelo para cantar victoria. En el paralelo de las finanzas, el termómetro también parece haberse estabilizado: el dólar para la venta al público se mantuvo sin variaciones en $1.535 en el Banco Nación, mientras que el informal retrocedió cinco pesos y cerró en $1.545, en una jornada que los operadores calificaron como tranquila y que prolonga la quietud que domina el mercado desde hace ya cuatro ruedas consecutivas.
Sin embargo, cuando uno mira el termómetro de largo plazo la temperatura es otra muy distinta. En lo que va del año, la divisa acumula una suba de $58, es decir un 4%, mientras que la inflación interanual superó el 33%. Ese número, que a primera vista puede parecer un dato más de la sección económica, tiene traducción directa en la góndola del almacén de barrio, en el precio del gasoil que carga Marcelo, un productor de Pergamino que siembra soja y maíz en campos alquilados, y en la cuenta del taller mecánico del pueblo que ya pasó dos veces su lista de precios en lo que va del año.
Dólar quieto, precios que no
El análisis más crudo de la jornada lo dejó en off el economista Gustavo Ber, que salió a marcar la cancha: "El dólar mayorista mantiene su estabilidad y continúa por debajo de los $1.515". Para el especialista, esa calma "es bienvenida por los operadores", aunque advirtió que la foto del día no debe confundir a quien está del otro lado del mostrador, porque el verdadero indicador para el bolsillo es la distancia entre la evolución del tipo de cambio y el avance de los precios al consumidor.
Y esa distancia es la que preocupa, especialmente en las economías regionales del interior profundo, donde la plata que entra por la cosecha no alcanza a cubrir lo que se va por la inflación. En los últimos doce meses, el dólar mayorista subió $133, un 9,6%, desde los $1.380 de mediados de octubre del año pasado. En ese mismo período, el costo de vida se disparó a más del triple de esa velocidad. Quien guardó pesos en el colchón o en un plazo fijo en pesos vio cómo su poder de compra se licuó a un ritmo que ninguna tasa de interés del mercado pudo compensar, y mucho menos el productor chico que vende su trigo en pesos y compra sus insumos en dólares.
En el mostrador, para quien necesita hacerse de dólares para pagar un insumo importado o tiene compromisos atados a la moneda dura, la referencia de la ventanilla bancaria sigue siendo la más accesible del menú: $1.535 frente a las otras variantes del mercado. El blue, que durante años fue la opción más cara para hacerse de billetes, hoy se mantiene apenas diez pesos por encima del oficial minorista, una diferencia que, por lo acotada, terminó con buena parte del negocio que en otra época movía las cuevas del microcentro y de las ciudades del interior.
En el mes en curso, la divisa muestra una caída de seis pesos respecto al cierre de septiembre, una baja del 0,4%, que para algunos analistas responde a la liquidación de la cosecha gruesa y al ingreso de dólares del comercio exterior. Pero desde la tranquera del campo, esa calma macro no se siente: el que tiene que renovar un contrato de alquiler, comprar un tractor usado o pagar la semilla para la próxima campaña sabe que, aunque el tipo de cambio no se mueva, los precios internos siguen corriendo a otro ritmo.
Lo que el Estado todavía no resolvió
Porque el problema de fondo, el que ningún discurso oficial termina de destrabar, es que la estabilidad cambiaria sin un plan antiinflacionario serio termina siendo apenas un espejismo. El productor mediano de Río Cuarto que vende su maíz a precio dólar pero paga el flete, el peón y los impuestos en pesos, termina recibiendo menos todos los meses aunque el tipo de cambio se mantenga clavado. La diferencia entre la devaluación y la inflación es, en definitiva, la diferencia entre lo que el Estado te promete y lo que el almacén de tu pueblo te cobra, y esa brecha, por ahora, sigue siendo demasiado ancha como para que alguien del interior provincial pueda respirar tranquilo.
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