Treinta y un años mirando crecer a los chicos del oeste neuquino: la huella de un pediatra que se jubila sin soltar el estetoscopio
Marcelo Sotomayor llegó al Hospital Heller cuando todavía no había nacido su primer paciente. Casi tres décadas después, con la jubilación a la vuelta de la esquina, repasa lo que cambió en la pediatría y lo que nunca dejó de recomendar: pecho hasta los seis meses, casa sin trampas y pantallas lejos de los más chicos.
La esquina del Hospital Heller, en el oeste de Neuquén, tiene esa mezcla rara de edificio público y plaza de barrio que uno termina haciendo propia después de años de pasar por ahí. En la entrada principal, un cartel enorme recuerda que allí se atiende a medio Neuquén y a casi todo el Alto Valle. Y en el pasillo de Pediatría, entre posters de lactancia y campañas de vacunación, hay un médico al que casi todos llaman por el nombre de pila: Marcelo. Marcelo Sotomayor. Un pediatra que llegó cuando el hospital todavía era una obra con olor a pintura y que ahora, a los pocos meses de jubilarse, se da cuenta de que lleva más tiempo trabajando en este lugar del que llevó criarse lejos de él.
Sotomayor nació en 1966, prematuro, con apenas 1,1 kilo de peso. Esa primera pelea la ganó antes de aprender a hablar, y suele contarla como si fuera el dato que explica todo lo demás. "Fui un bebé premature, de los que hoy llamamos de muy bajo peso, y me fue bien. Eso me marcó", dice mientras acomoda el escritorio, todavía con el sello de los primeros días del Heller apoyado contra la pared. Esa historia, repite, fue el motor silencioso de una vocación que se mantuvo intacta durante 31 años de especialidad.
Lo que nunca cambió en el consultorio
- La lactancia materna exclusiva hasta los seis meses, piedra angular de cualquier charla con familias que tienen un recién nacido.
- La prevención de accidentes domésticos, sobre todo quemaduras y caídas, que siguen siendo protagonistas de las guardias de fin de semana.
- Una postura firme con las pantallas: nada de dispositivos antes de los cuatro años y, después, tiempos muy acotados y siempre con un adulto mirando.
- La idea de que el pediatra tiene que estar antes de que aparezca la enfermedad, no cuando la cosa ya se complicó.
Sobre el punto de las pantallas, Sotomayor no se anda con rodeos. "Antes de los cuatro años no se usan. Y después, hay que establecer tiempos limitados, no es negociable", resume con la misma energía con la que receta un antibiótico. En un país donde el celular llega a la mesa antes que el plato, la advertencia suena a consejo de viejo, pero él prefiere pensarlo como una forma de cuidar algo que se pierde sin hacer ruido: la atención, el juego, el aburrimiento sano de la infancia.
Cómo se transformó la pediatría en treinta años
Cuando Sotomayor se recibió y empezó a atender, la desnutrición era una de las preocupaciones centrales de cualquier servicio pediátrico del interior. Hoy, asegura, el escenario es otro: la obesidad pasó a ocupar ese lugar incómodo en las consultas, empujada por los ultraprocesados, el sedentarismo y, otra vez, las pantallas. A eso se suma, dice, un fenómeno que hace tres décadas apenas aparecía en los consultorios: el consumo de sustancias en chicos cada vez más chicos, una señal de alarma que a él, como docente, le preocupa tanto como médico.
Su recorrido, además, se parece al de muchos profesionales que quedaron atados a una institución pública del interior. Estudió medicina en la Universidad de La Plata, hizo la residencia de Pediatría en el Hospital Castro Rendón, en la capital neuquina, y en 1995 se sumó al Heller cuando la institución empezaba a funcionar. Participó de las primeras semanas operativas, de esos días en los que el equipo resolvía problemas de cañería y de luz antes de recibir al primer paciente. Le tocó, incluso, atender al primer bebé nacido en ese hospital, un dato que todavía menciona con una mezcla de orgullo y de incredulidad.
Con los años le sumó la docencia. Es instructor de residentes y profesor en la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional del Comahue. Muchos de quienes fueron sus alumnos hoy son sus compañeros de guardia, y esa continuidad le resulta una de las cosas más valiosas de estos 31 años. "Acá en el barrio todos me conocen, me cruzo a familias por la calle, en la verdulería, y eso te obliga a seguir actualizado, no podés aflojar", cuenta entre risas.
La jubilación le llega con delay: tenía que haber salido en julio, pero pidió estirarla hasta enero, y mientras tanto sigue atendiendo, dando clases y, en los huecos que le deja la rutina hospitalaria, refugiándose en dos pasiones que parecen importadas de otra vida. Una es el jazz, esa música que se disfruta mejor de madrugada; la otra, el montañismo, esa costumbre de subir cerros para que la cabeza baje a tiempo. "La actividad al aire libre compensa bastante las guardias y el stress de la consulta", reconoce, como si estuviera dando un consejo más, esta vez para un colega que todavía no arrancó en la profesión.
“La tarea pediátrica empieza mucho antes de que aparezca una enfermedad, y los pediatras tenemos que estar ahí antes de que la cosa se complique.”Marcelo Sotomayor, pediatra del Hospital Heller
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