Límites con afecto: por qué decir "no" a los hijos también es una forma de cuidar
Especialistas en crianza insisten en que fijar normas claras desde la infancia ayuda a tolerar la frustración y a convivir en sociedad, y diferencian esa postura del autoritarismo.
La charla arranca en una mesa de café cualquiera de un barrio porteño, con dos mamás que se conocen desde hace años y que terminaron agotadas de discutir con sus hijos cada noche por la hora de dormir. Una de ellas, Lorena, de Caballito, me cuenta que ya no sabe cómo hacer para que su nene de seis años acepte algo tan simple como lavarse los dientes antes de irse a la cama. Lo intenta negociar, lo intenta razonar, y termina cediendo casi siempre para no escuchar el berrinche. La escena parece menor, pero resume un fenómeno que las especialistas en crianza vienen observando con preocupación: la confusión cada vez más frecuente, entre padres y madres bienintencionados, entre el diálogo respetuoso y la ausencia total de límites.
Porque acá está el punto central que plantea el material de base: dialogar con los chicos no significa ceder en todo. Cuando el diálogo se transforma en una negociación permanente y el adulto deja de sostener su posición, lo que se pierde no es la cercanía, sino la autoridad. Eso, lejos de ser un tema menor, tiene consecuencias concretas en cómo los más chicos aprenden a manejar sus emociones y a tolerar la frustración.
La diferencia entre autoridad y autoritarismo
La psicóloga infantojuvenil Ivana Raschkovan, autora del libro "Infancias respetadas", marca el distinctions con una frase que vale la pena repetir despacio: "Conversar no quita autoridad; al contrario. La pérdida de autoridad ocurre cuando el adulto le teme al conflicto y lo evita. Si para esquivar un berrinche terminamos moviendo el límite, el mensaje se vuelve sumamente confuso". Para ella, la autoridad se construye con presencia y con coherencia, mientras que el autoritarismo es directamente un abuso de poder. Respetar a los chicos, aclara, no es equivalente a dejarlos hacer lo que quieran: el respeto se pone en juego en el buen trato, no en la falta de normas.
“Son indispensables para aprender a vivir en sociedad. La vida misma ya presenta dosis diarias de frustración: hay que ir a dormir aunque quieran seguir jugando, no se puede almorzar caramelos, hay que dar la mano para cruzar la calle. Esas pequeñas frustraciones cotidianas van construyendo la tolerancia a la frustración.”Ivana Raschkovan, psicóloga infantojuvenil
Tres estilos de crianza y un punto de equilibrio
- Autoritario: reglas rígidas con poca escucha, donde el adulto impone sin explicar ni contener emocionalmente.
- Permisivo: mucho afecto y calidez, pero límites difusos por miedo al enojo de los hijos.
- Democrático o autoritativo: normas claras combinadas con diálogo y contención afectiva, considerado por la mayoría de los especialistas como el punto de equilibrio.
Los tres estilos fueron descritos en los años sesenta por la psicóloga Diana Baumrind y siguen siendo la referencia obligada a la hora de pensar la crianza. La psicóloga Deborah Bellota, citada en el material, suma una observación interesante: los padres permisivos suelen ser muy afectuosos, pero muchas veces no ponen límites "por miedo a que el hijo se enoje con ellos". Esa dinámica, dice, puede favorecer la autoestima, aunque también genera dificultades para autorregularse, baja tolerancia a la frustración y resistencia frente a las figuras de autoridad. Es decir, querer evitar el conflicto en el corto plazo termina sembrando problemas en el largo.
Volviendo al living de Lorena en Caballito, uno entiende que lo que está en juego no es obediencia ciega ni crianza libre de toda estructura. Es algo más sutil y más cotidiano: la posibilidad de decirle a un nene que no, acompañándolo, sin violencia y sin perder la ternura. Como me dijo otra vecina de Boedo, Marta, mientras preparaba la merienda para sus tres hijos, a veces el mejor cariño que uno les puede dar a los chicos es sostener un "no" a tiempo, aunque ellos se enojen y aunque a uno le duela ese enojo. La tolerancia a la frustración, al final, se aprende en casa, en esas discusiones chicas que los grandes también quisieran evitar.
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