Saltar al contenido
Nodo San LuisNodo San Luis ⌕ Buscar
Dólar oficial $1.535,00 +0,33%Dólar blue $1.555,00 +0,65%Dólar MEP $1.542,50 +0,42%Riesgo país 648 pb +4,18%
SÁB, 17 OCT 2026
Vida

La mesa como escuela: por qué comer en familia sigue siendo la mejor lección de alimentación

Un consenso de especialistas pediátricos argentinos pone el foco en la comensalidad y advierte que los chicos aprenden a comer, sobre todo, por imitación. La cena compartida, aunque sea una vez por día, aparece como la rutina más poderosa para sostener hábitos saludables desde los dos hasta los diecisiete años.

FC
Facundo CamargoSociedad y vida cotidiana · · lectura 4 min
La mesa como escuela: por qué comer en familia sigue siendo la mejor lección de alimentación

Acá, en cualquier barrio porteño donde uno se detenga a mirar, la escena se repite casi a la misma hora: la puerta de un departamento se cierra, alguien llega con la mochila cargada de cuadernos, y empieza ese rato bisagra de la jornada que es la cena. Es un instante al que rara vez se le presta atención, pero un consenso reciente presentado por especialistas argentinos en nutrición pediátrica lo coloca en el centro de la escena, no por lo que se come, sino por cómo y con quién se come. La propuesta se llama NutreAR, la motoriza PROFENI (Profesionales Expertos en Nutrición Infantil) y se dio a conocer en el 9° Congreso Argentino de Nutrición Pediátrica que organiza la Sociedad Argentina de Pediatría.

Lo que el documento pone en primer plano es un concepto que puede sonar técnico pero que termina siendo bien cercano: la comensalidad, es decir, todo aquello que rodea al acto de comer. El lugar, el momento, las personas que se sientan a la mesa, la presencia o la ausencia de pantallas, el ruido de fondo de un departamento o el silencio de un cuarto a solas. La idea de fondo es que la alimentación en la infancia y la adolescencia no se reduce a un listado de alimentos adecuados para cada edad, sino que está profundamente atravesada por el contexto en el que esas comidas efectivamente ocurren, y que ese contexto moldea hábitos que suelen durar toda la vida.

Aprender mirando el plato del otro

Uno de los mecanismos mejor documentados por la bibliografía que cita el consenso es el aprendizaje por imitación. Cuando un chico ve a sus padres, a sus hermanos, a un tío o a un amigo del colegio probar alimentos variados y comer con cierto criterio, lo más probable es que él mismo termine ampliando su propio repertorio. La inversa también es cierta y preocupa: la selectividad alimentaria, esa costumbre que tienen algunos niños de limitarse siempre a los mismos cuatro o cinco platos, se vuelve mucho más difícil de revertir cuando no hay modelos cercanos que muestren otras opciones, y por eso los especialistas insisten en ofrecer siempre algo nuevo y evitar que se consoliden menús demasiado restringidos.

La recomendación se aplica desde los dos años, cuando el chico empieza a sentarse a la mesa con el resto, hasta los diecisiete, cuando ya es un adolescente con horarios propios y cierta autonomía para decidir qué se cocina en su cuarto. En el medio, las necesidades nutricionales cambian, los gustos se modifican y las rutinas familiares se reconfiguran, pero el principio de base se mantiene: los chicos aprenden a comer, en buena medida, mirando a los demás.

La cena, ese rato bisagra de la jornada

A partir de los catorce o quince años, coinciden los expertos, se vuelve más frecuente que los adolescentes coman solos, encerrados en su pieza, con el celular en una mano y el plato apoyado en el regazo. Esa práctica, que para muchos padres parece una simple etapa a atravesar, en realidad reduce de manera concreta las oportunidades de construir vínculos alrededor de la comida y de sostener los aprendizajes que se dieron en la infancia. La sugerencia del consenso es concreta y negociada con la realidad: sostener al menos una comida compartida por día, y aceptar que la cena suele ser la más viable porque los horarios laborales, la escuela y las actividades deportivas hacen casi imposible coincidir a la mañana o al mediodía. La mesa, aclaran los pediatras, no tiene que ser obligadamente familiar en el sentido estricto: cenar con amigos cumple exactamente la misma función.

La comensalidad tampoco se agota en la cocina de cada casa. El consenso recuerda que en la escuela los chicos almuerzan o meriendan buena parte de la semana, y por eso los comedores con menús planificados con criterios nutricionales, así como las viandas que las familias arman en sus casas, son una herramienta clave para ampliar el repertorio de los chicos y abrir la puerta a conversaciones que muchas veces no surgen en otro contexto. Como resume Mariana, mamá de dos chicos de Caballito y citada a propósito del tema, en estas cosas no alcanza con la voluntad individual, hace falta un entorno que acompañe: uno intenta hacer lo mejor en la casa, pero después los chicos van a la escuela, comen en lo de un amigo o se prenden una merienda con galletitas, y si el resto del mundo va para el otro lado, sostener el hábito se vuelve una pelea de todos los días. Para los especialistas que firmaron NutreAR, de eso se trata justamente la comensalidad: de entender que comer bien no es un acto solitario ni una lista de supermercado, sino un aprendizaje colectivo que se construye alrededor de una mesa, con las personas que uno quiere, y que empieza mucho antes de lo que cualquier padre imagina.

FC
Facundo CamargoSociedad y vida cotidiana

Comentarios

0

Todavía no hay comentarios. Sé el primero.

Seguí leyendo

Viajar en el tiempo