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SÁB, 17 OCT 2026
Economía

El rojo industrial no cede: 66 mil puestos se evaporaron en dos años y el interior paga los peores quebrantos

Un relevamiento sobre el empleo manufacturero registrado muestra que entre el primer trimestre de 2024 y el de 2026 desaparecieron 66.262 empleos fabriles en el país, una contracción del 5,2%. Solo tres provincias patagónicas, empujadas por el petróleo y la alimentación, lograron sumar trabajadores.

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Graciela VidelaInterior provincial y campo · · lectura 4 min
El rojo industrial no cede: 66 mil puestos se evaporaron en dos años y el interior paga los peores quebrantos

El otoño volvió a llegar con la luz baja y las primeras heladas sobre el surco, y otra vez la noticia para el campo y para el interior productivo no viene del cielo sino de los papeles: la industria manufacturera, uno de los sectores que más mano de obra concentra en la Argentina, cerró el primer trimestre de 2026 con 66.262 empleos registrados menos que en el mismo período de 2024, de acuerdo con un relevamiento de la consultora Politikon Chaco al que tuve acceso. La caída equivale al 5,2% del total sectorial y representa casi la mitad —el 45%— de la pérdida de puestos de trabajo que registró la economía nacional en ese mismo lapso, lo que deja una lectura incómoda: cuando la industria se cae, no se lleva puesta solo a una fábrica, se lleva puesto al empleo de toda una comunidad que del surco a la góndola vive de esa cadena.

Tres provincias que zafaron y un mapa que se tiñe de rojo

De las 24 jurisdicciones del país, solamente tres terminaron en positivo en estos dos años: Santa Cruz, que sumó 420 nuevos puestos (+11,8%); Neuquén, que incorporó 1.216 (+9,2%); y Río Negro, que añadió 1.205 (+7,8%). Entre las tres, apenas generaron 2.841 empleos industriales nuevos, lo que da la dimensión de lo desparejo de la recuperación. En Santa Cruz el crecimiento provino principalmente de la elaboración de alimentos; en Neuquén lideraron la fabricación de maquinaria y equipo y la de minerales no metálicos; y en Río Negro, otra vez, la rama alimentos explicó la mayor parte de la suba. Es decir, donde todavía se industrializa algo de lo que la tierra o el subsuelo dan, el empleo se sostiene; donde no, se cae.

Porque en el resto de las provincias el saldo fue negativo sin matices. Las caídas más moderadas correspondieron a Formosa (-1,1%), San Juan (-1,2%) y Entre Ríos (-2,6%). En el otro extremo, La Rioja acumuló la mayor contracción relativa con un 15% menos de puestos, seguida por La Pampa (-12,8%), San Luis (-11,3%) y Misiones (-10,1%). Cuando una provincia pyme, con una industria chica y muy territorial, pierde más de diez puntos de su empleo fabril en dos años, lo que se pierde no es un número: es un pueblo que se queda sin turno en la fábrica.

  • Santa Cruz: +420 puestos (+11,8%), impulsada por la elaboración de alimentos.
  • Neuquén: +1.216 puestos (+9,2%), con maquinaria y equipo y minerales no metálicos a la cabeza.
  • Río Negro: +1.205 puestos (+7,8%), también sostenidos por alimentos.
  • Gran Buenos Aires: -25.623 puestos industriales, la pérdida absoluta más grande del país.
  • Ciudad de Buenos Aires: -8.617 puestos; resto de la provincia de Buenos Aires: -8.064.
  • La Rioja: -15% de sus puestos fabriles, la peor caída proporcional; La Pampa (-12,8%), San Luis (-11,3%) y Misiones (-10,1%) completan el ranking más crítico.

La advertencia del informe y lo que el Estado todavía no resolvió

El trabajo de Politikon Chaco introduce, además, una lectura que muchas veces se pierde cuando uno mira solamente los rankings: que una jurisdicción haya ganado participación en el total nacional no implica necesariamente que hayan crecido sus puestos de trabajo, sino que aumentó su peso relativo dentro del empleo sectorial nacional. En otras palabras, una provincia puede estar perdiendo empleos y, aun así, ganar terreno en el reparto si otras provincias cayeron más. Esa advertencia sirve para no confundir movimiento con progreso, sobre todo en un mapa tan desigual como el argentino.

La foto de fondo, mirándola de cerca y sin anestesia, muestra que el Gran Buenos Aires concentró la pérdida más grande en valores absolutos, con 25.623 empleos industriales menos; la Ciudad de Buenos Aires perdió 8.617 y el resto de la provincia bonaerense, 8.064. Esas tres zonas reúnen más del 55% del empleo industrial nacional, por lo que cualquier variación porcentual se traduce, inevitablemente, en cifras mucho más voluminosas en términos absolutos. Pero los guarismos más dolorosos, los que hablan de comunidades enteras, están en las provincias chicas: La Rioja, La Pampa, San Luis, y Misiones, donde cada planta que cierra o que ajusta un turno arrastra a proveedores, a talleres, a transportistas, a changarines, al almacén de la esquina.

Yo lo veo cada vez que recorro el interior: el productor Daniel, de una localidad del norte santafesino, me repite lo mismo cada vez que lo cruzo en una muestra rural: mientras la industria nacional no termine de resolver su propia crisis, del surco a la góndola va a seguir faltando un eslabón, y el que más lo siente es el que menos espalda tiene para bancarse la espera. El relevamiento confirma esa sensación con números: en dos años se evaporaron 66.262 empleos fabriles, casi la mitad de todo el empleo perdido por la economía. Y lo que el Estado todavía no resolvió es la pregunta clave de fondo: qué país industrial quiere ser la Argentina cuando termine esta década, porque sin esa definición, cada nueva estadística no hará más que confirmar, frío tras frío, que la fábrica sigue apagándose.

GV
Graciela VidelaInterior provincial y campo

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