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SÁB, 17 OCT 2026
Vida

Dos almuerzos iguales en calorías, distintos en el cuerpo: lo que dejó un ensayo con 57 adultos

Un estudio comparó una comida ultraprocesada con otra de similar composición nutricional y encontró diferencias en la insulina, el gasto de energía y la actividad cerebral, aunque sus autores acl que no se pueden sacar conclusiones sobre enfermedades.

FC
Facundo CamargoSociedad y vida cotidiana · · lectura 2 min
Dos almuerzos iguales en calorías, distintos en el cuerpo: lo que dejó un ensayo con 57 adultos

La etiqueta miente a medias, o al menos no cuenta toda la historia. En un laboratorio, un grupo de investigadores le dio de comer a 57 adultos jóvenes dos comidas de aproximadamente 300 calorías cada una, con cantidades parecidas de proteínas, grasas, carbohidratos, azúcar y fibra. Sobre el papel, eran casi primos hermanos. En el cuerpo, en cambio, se portaron como desconocidos. La diferencia, según reportó el ensayo, estuvo en el grado de procesamiento industrial. A la salida del comedor improvisado, la comida ultraprocesada disparó una liberación de insulina más alta y más prolongada, aunque la glucosa en sangre terminó behaving de manera similar. También empujó un gasto de energía apenas mayor y un uso algo menor de los carbohidratos como combustible. Es como si el organismo, frente al mismo menú nutricional, se enterara de que uno de los platos pasó por una fábrica y decidiera trabajarlo de otro modo.

Que no es lo mismo un snack que un guiso

Acá vale una aclaración que a veces se pierde en la conversación de la verdulería. Cuando hablamos de ultraprocesados no estamos hablando solamente de comida chatarra en el sentido moral, sino de un criterio técnico: son productos que incluyen ingredientes poco habituales en la cocina de casa, como saborizantes, colorantes, emulsionantes y otros aditivos. Entran en esa bolsa las gaseosas, los snacks de paquete, los cereales azucarados del desayuno y las comidas listas para calentar. El ensayo no pudo precisar cuál de esos elementos explica los efectos observados. La estructura física del alimento, los aditivos y los métodos de elaboración quedan, por ahora, como hipótesis abiertas. Es una de las zonas grises que el propio trabajo reconoce.

La medición cerebral agregó una pieza al rompecabezas, aunque con un asterisco importante. Los investigadores vieron diferencias en regiones vinculadas con la valoración de los alimentos cuando los participantes miraban imágenes de comida. Pero esa actividad no se tradujo en que los voluntarios prefirieran más los ultraprocesados ni en que estuvieran dispuestos a pagar más por ellos. Es decir, el cerebro se iluminó de manera distinta, aunque la decisión final no acompañó ese destello. Para la vida cotidiana, eso significa que todavía no se puede afirmar que mirar un paquete de galletitas nos hipnotice hasta la caja registradora, pero sí que el procesamiento deja huellas en cómo el cuerpo y la cabeza procesan la información después del primer bocado.

Lo que el estudio no dice

  • No prueba que una comida ultraprocesada cause diabetes, obesidad o enfermedades cardiovasculares.
  • No permite Extrapolar qué pasa con el consumo sostenido en el tiempo.
  • No se realizó en personas con sobrepeso, diabetes u otros estados de salud, por lo que sus resultados se limitan a adultos jóvenes de peso saludable.
  • No identifica qué componente concreto del procesamiento (aditivos, textura, métodos industriales) es responsable de las diferencias.
“Para interpretar el resultado, hay una distinción clave: se midieron respuestas después de comer, no enfermedades ni efectos del consumo habitual.”Equipo de investigadores del ensayo
FC
Facundo CamargoSociedad y vida cotidiana

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