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SÁB, 17 OCT 2026
Vida

Cuando el miedo a volar empieza mucho antes de subir al avión: la mirada de un neurólogo para ponerlo en perspectiva

Conrado Estol repasó cómo la anticipación del embarque y las turbulencias en cielo claro alimentan la ansiedad, propuso observar el tráfico aéreo en una app para dimensionar la frecuencia de los vuelos y desaconsejó recurrir al alcohol como atajo.

FC
Facundo CamargoSociedad y vida cotidiana · · lectura 3 min
Cuando el miedo a volar empieza mucho antes de subir al avión: la mirada de un neurólogo para ponerlo en perspectiva

Acá, en la redacción, uno escucha cada semana a alguien que confiesa sentir pánico a la hora de sacar un pasaje. La conversación termina casi siempre en la misma esquina: cómo se hace para subirse a un avión sin pasarla mal durante las dos horas de vuelo. Por eso me llamó la atención la entrevista que dio el neurólogo Conrado Estol, porque no se quedó en el consuelo genérico y fue desgranando, punto por punto, dónde se dispara la ansiedad y qué se puede hacer para bajarle el voltaje.

La anticipación: cuando el miedo arranca en la fila del mostrador

Estol arrancó por un costado que suele quedar fuera del análisis: el malestar no aparece recién cuando las ruedas despegan de la pista. Los controles en el aeropuerto, los trámites migratorios y la preocupación por llegar tarde, dijo, también pueden quedar asociados a la ansiedad del viaje. En muchos casos, sumó, a esa anticipación se le suma la claustrofobia, que transforma el embarque en una encerrona antes de que el avión siquiera se mueva.

  • Conocer las estadísticas de seguridad no alcanza para apagar la respuesta emocional, pero ayuda a ponerla en contexto.
  • Observar una aplicación de seguimiento de vuelos para dimensionar cuántos aviones circulan en el mundo al mismo tiempo y ubicar el viaje propio dentro de ese movimiento cotidiano.
  • Distinguir las turbulencias asociadas a tormentas de las que se producen en aire claro, ya que es posible sentir sacudidas aunque desde la ventanilla no se vean nubes.
  • Tener presente que los episodios de turbulencia fuerte suelen durar segundos o pocos minutos, aunque la percepción los estire como si fueran horas.
  • Tomar como referencia los movimientos tolerados en un viaje en tren para relativizar las sacudidas del avión.
  • Confiar en que los pilotos cuentan con herramientas para identificar fenómenos meteorológicos y desviar el recorrido, además de los protocolos de cabina para reducir distracciones durante la operación.
  • Evitar el alcohol como atajo para sobrellevar el miedo, porque puede provocar insomnio y deshidratación.

Hay un dato que Estol repitió y que a mí, personalmente, me ordenó bastante la cabeza: las turbulencias no necesitan nubes para aparecer. El médico explicó que se pueden sentir movimientos importantes incluso con buen tiempo, algo que descoloca a quien viaja y mira por la ventanilla esperando ver la causa del sacudón. Esa brecha entre lo que se ve y lo que se siente, sostuvo, es uno de los motores silenciosos de la ansiedad.

“Conocer las estadísticas de seguridad no impide que aparezca una respuesta emocional ante una experiencia que resulta ajena a la vida en tierra.”Conrado Estol, neurólogo

Como buen vecino del barrio de la información, Estol insistió con un consejo simple pero efectivo: bajar una app de seguimiento aéreo y mirar cuántos aviones están volando en el mismo momento. La idea, me parece, es correrse del “me va a tocar a mí” y pasar al “esto pasa miles de veces por día y casi nunca termina en nada”. No es magia, pero ayuda a sacar el viaje propio del lugar de la excepción y devolverlo al lugar del trámite cotidiano.

Sobre el final, el neurólogo dejó la advertencia que más le interesa repetir: nada de alcohol para bancar el miedo. Dijo que puede terminar en insomnio y en deshidratación, justo lo contrario de lo que alguien busca cuando se toma un trago para “relajarse” antes de despegar. El planteo de fondo, y acá me parece donde está la clave humana de toda la charla, es que el temor no termine condicionando las vacaciones ni empujando a la gente a resignar un viaje por miedo a las turbulencias. Como me dijo una vez un vecino de Palermo al bajar de un vuelo desde Bariloche, medio en broma y medio en serio: “el avión tiembla, pero uno llega”. A veces, con eso alcanza.

FC
Facundo CamargoSociedad y vida cotidiana

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