Cuando el teléfono se calla y la cabeza empieza a hablar: cómo salir del laberinto de las suposiciones en pareja
Las psicólogas Marina Mammoliti y Karina Carreño explican por qué un mensaje corto o una demora se transforman en prueba de un desamor que todavía no ocurrió, y qué hacer para no discutir por fantasmas. La clave: volver a los hechos, mirar la propia emoción y preguntar antes de inventar.
Acá, en cualquier café de Buenos Aires, basta con mirar alrededor un martes a la noche para entender de qué se trata: una mesa, un café a medio tomar, un celular dado vuelta sobre la madera y una pareja que se mira sin hablarse. Del otro lado del mostrador, mientras la máquina de espresso escupe su último trago, alguien le dice al otro lo que tantas veces escuchamos en la consulta de cualquier psicólogo de barrio: «no me contestó como siempre, algo está pasando». Y así, sin que haya pasado nada concreto, empieza una pelea que no tiene ni principio ni fin, solo una suposición enorme en el medio.
Lo que pasó, lo que imaginamos y lo que sentimos
Para la neuropsicóloga Karina Carreño, el primer paso es tan sencillo como difícil de cumplir: separar los hechos de las interpretaciones. «Que la pareja haya respondido con pocas palabras es algo comprobable; que esté molesta es una interpretación», resume. La diferencia parece obvia en la teoría, pero en la práctica se vuelve borrosa cuando aparece la ansiedad, porque el cerebro, ante la falta de información sobre lo que el otro piensa o siente, se lanza a anticipar.
La psicóloga Marina Mammoliti coincide y agrega otra capa: en vez de gastar energía en descifrar al otro, conviene detenerse en lo que nos pasa a nosotros. «Muchas veces la pregunta no es qué quiso decir ella con ese mensaje, sino qué me está despertando a mí ese silencio», señala. Poner el foco en la emoción propia —miedo al abandono, inseguridad, baja autoestima, antecedentes de infidelidad— es lo que permite interrumpir el circuito de lectura automática.
Por qué el cerebro completa lo que no sabe
- Porque la ausencia de información se vive como amenaza y el cerebro intenta anticipar lo que el otro siente.
- Porque recurre a experiencias pasadas: una demora se asocia con una pérdida de interés aunque no haya datos que lo sostengan.
- Porque el dolor acumulado tiñe la mirada: una necesidad legítima de estar a solas se lee como indiferencia cuando hay miedo al abandono.
- Porque la búsqueda de confirmación alimenta el control: se piden respuestas reiteradas y se montan discusiones sobre situaciones imaginadas.
“Cuando falta información sobre los sentimientos o pensamientos ajenos, el cerebro intenta anticiparlos. Para completar lo que desconoce puede recurrir a vivencias anteriores, temores e inseguridades.”Karina Carreño, neuropsicóloga
El desgaste aparece cuando esas conjeturas pasan a dirigir las respuestas. Carreño describe escenas que se repiten en los consultorios de Palermo, de Belgrano, de Once o de La Boca: pedidos reiterados de seguridad que erosionan la confianza, discusiones por situaciones que nunca ocurrieron, palabras dichas en caliente que después cuesta retirar. La propuesta de ambas especialistas es volver a los hechos y abrir el diálogo antes de que la pantalla se transforme en un tribunal.
Qué hacer cuando aparece la inquietud
- Distinguir entre lo que pasó y el significado que le estamos dando: un dato objetivo frente a una suposición.
- Reconocer la emoción propia antes de responder: poner nombre al miedo o a la inseguridad que se activó.
- Preguntar de manera directa, sin acusaciones: «qué te pasó», «cómo estás», en lugar de dar por cierta una intención.
- Aprender a convivir con la demora: no siempre es posible obtener una explicación en el mismo momento en que aparece la duda.
“En lugar de dar por cierta una intención que todavía desconocemos,regular la ansiedad y conversar para aclarar las dudas es lo que disminuye la incertidumbre y la reacción de alerta.”Karina Carreño, neuropsicóloga
Mammoliti, en tanto, insiste con una idea que parece de sentido común pero que en la consulta cuesta horrores aplicar: la comunicación directa es la única herramienta que da información que el análisis de una pantalla no ofrece. «La pantalla no tiene gesto, no tiene tono, no tiene contexto. Pretender leer lo que el otro siente por tres palabras escritas es como pretender adivinar el clima mirando una foto del cielo de hace tres meses», suele repetir en sus encuentros con parejas. Volver a la voz, al timbre, a la cara del otro, es lo que devuelve proporción al asunto.
Al final del camino, lo que proponen las dos especialistas no es un truco ni una fórmula, sino algo más artesanal: revisar la propia historia, identificar qué herida se activa con cada silencio, y tener el coraje de preguntar antes de inventar. Como me dijo el otro día Mirta, una vecina de Villa Crespo que conozco de toda la vida mientras esperaba el colectivo en la esquina de Corrientes y Scalabrini Ortiz: «uno se pasa horas armando una novela en la cabeza y después resulta que él estaba haciendo la cola del súper». A veces, la verdad más simple es la que menos se nos ocurre.
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