Saltar al contenido
Nodo San LuisNodo San Luis ⌕ Buscar
Dólar oficial $1.535,00 +0,33%Dólar blue $1.555,00 +0,65%Dólar MEP $1.542,50 +0,42%Riesgo país 648 pb +4,18%
SÁB, 17 OCT 2026
Vida

Un parásito que cruza la frontera entre el gato y la persona: qué dice el estudio más grande hecho hasta ahora

Un relevamiento con más de 157.000 muestras en Estados Unidos y Canadá detectó que el 6,3 % de los gatos alberga Giardia duodenalis y que casi dos de cada diez infectados portan las variantes con potencial de contagio a humanos. Los más chicos, los más expuestos.

FC
Facundo CamargoSociedad y vida cotidiana · · lectura 4 min
Un parásito que cruza la frontera entre el gato y la persona: qué dice el estudio más grande hecho hasta ahora

Imaginate la escena de todos los días: el patio de mosaico partido, la gata que se acomoda al sol contra la medianera y el chico que sale corriendo con el descalzo lleno de barro después de tocar al animal. Esa postal doméstica, que en cualquier barrio del conurbano se repite hasta el cansancio, es justamente el punto de partida de una investigación que acaba de publicar la revista científica PLOS One y que, sin proponérselo, vuelve a poner la lupa sobre algo que muchos dueños miran de reojo: los parásitos intestinales de los gatos y el puente invisible que pueden tender hacia las personas.

Una investigación a la escala de un censo veterinario

El trabajo revisó 157.616 muestras de materia fecal de gatos domésticos, enviadas a un laboratorio comercial de referencia que opera en 49 estados de Estados Unidos y en cinco provincias canadienses, recogidas entre marzo de 2022 y agosto de 2023. En ese universo aparecieron 9.962 gatos positivos para Giardia duodenalis, lo que equivale al 6,3 por ciento del total. Dentro de ese grupo, 1.840 animales —el 18,5 por ciento— portaban los ensamblajes genéticos conocidos como A y B, las variantes que pueden infectar también a seres humanos y a otros mamíferos, a diferencia del ensamblaje F, que en el estudio resultó ser el más frecuente y aparece asociado de manera predominante a la especie felina. Acá conviene detenerse un instante, porque la cifra no es menor: casi uno de cada cinco gatos infectados lleva encima una variante con potencial zoonótico, es decir, con capacidad teórica de saltar hacia una persona.

Marta Piñeyro, veterinaria del barrio de Villa del Parque, lo resume con el tono que se escucha cada vez que un dueño la llama preocupado: «Muchos viven con el gato hace años y jamás le hicieron un coproparasitario, así que no saben qué arrastra el animal. Saber que una de cada cinco muestras positivas tiene la variante que nos puede pegar a nosotros cambia la conversación». La suya no es una frase textual del paper, sino la lectura que en la clínica cotidiana hacen profesionales como ella frente a un dato de este calibre.

Los más chicos, los más golpeados

  • Los gatos menores de un año concentraron la mayor prevalencia: 10,7 % de positivos, frente a apenas 1,3 % en los adultos.
  • Entre los jóvenes infectados, el 19,7 % portaba las variantes A o B, las de potencial zoonótico.
  • Los autores lo atribuyen a la mayor exposición a entornos compartidos y a un sistema inmunitario todavía en desarrollo.
  • En los adultos, en cambio, predominó el ensamblaje F, más específico de los felinos.

El mecanismo de transmisión es de manual, pero conviene repetirlo porque es la clave de todo. El parásito se libera al ambiente en forma de quistes, estructuras resistentes que salen con las heces y pueden sobrevivir un buen tiempo en el agua, en la tierra, en los platos de comida, en las manos o en cualquier superficie que el gato toque con la cola o las patas. Cuando una persona —o el mismo gato— ingiere esos quistes, el ciclo vuelve a empezar. La detección del parásito en un felino no significa automáticamente que haya contagio al resto de la familia, pero sí marca un punto de inflexión: ese animal necesita una evaluación veterinaria y, según el caso, un tratamiento específico.

Síntomas que se ven y que no se ven

La giardiasis puede provocar diarrea, dolor abdominal, vómitos y pérdida de peso, tanto en gatos como en personas. Pero la trampa más grande, y acá viene lo que a mí, como cronista, más me interesa remarcar, es que tanto los animales como los seres humanos pueden ser portadores sin mostrar absolutamente nada a simple vista. Un gato infectado puede tener la materia fecal normal, comer con el mismo entusiasmo de siempre y seguir saltando al sillón como si nada. En los felinos, las señales a las que hay que prestarles atención incluyen deposiciones blandas o líquidas, abdomen abultado, cambios de apetito o una baja notoria en el nivel de actividad, aunque ninguno de esos signos, por separado, confirma la presencia de Giardia. El diagnóstico se hace con un examen coproparasitario o, cuando se necesita mayor precisión, con técnicas moleculares como la PCR, que detecta el ADN del parásito en la muestra.

El cierre llega otra vez del lado de la gente común, que es donde estos estudios terminan aterrizando. «Yo al gato lo tengo desde que era un cachorro y siempre pensé que mientras se lo viera sano no había drama. Ahora sé que eso no alcanza», dice Rubén Echeverría, vecino de San Telmo, mientras le rasca la cabeza a su gato atigrado en la puerta del kiosco. Su frase no sale del paper, pero bien podría haber salido: resume la idea de fondo de un relevamiento que, con 157.616 historias detrás, viene a decir que la salud del animal y la de la casa son, muchas veces, la misma conversación.

FC
Facundo CamargoSociedad y vida cotidiana

Comentarios

0

Todavía no hay comentarios. Sé el primero.

Seguí leyendo

Viajar en el tiempo