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SÁB, 17 OCT 2026
Vida

Lo que aprendimos en la infancia vuelve a la puerta cuando nos toca criar

El psicólogo especialista en trauma Maxi McCoubrey repasa qué huellas reaparecen en la crianza, por qué repetir no siempre es el problema y qué gestos concretos ayudan a cortar el círculo.

FC
Facundo CamargoSociedad y vida cotidiana · · lectura 4 min
Lo que aprendimos en la infancia vuelve a la puerta cuando nos toca criar

Acá, en cualquier barrio de la Argentina, basta con pararse en una esquina cualquiera a la tardecita para escuchar una escena que se repite desde hace décadas: una madre o un padre que le levanta la voz a un neneño en mitad de la vereda, y después se queda mirándolo, con esa cara de quien recién se dio cuenta de que otra vez dijo lo que no quería decir. De chico me pasaba eso con mi viejo, y cuando fui grande me descubrí repitiendo el mismo tono con el mío. Por eso me senté a charlar largo con el psicólogo especialista en trauma Maxi McCoubrey, que lleva años recibiendo en su consultorio a padres y madres que llegan con la misma pregunta: por qué hago lo que juré no hacer.

La respuesta de entrada es incómoda pero tranquilizadora al mismo tiempo. Como me dijo él mismo tomando un café: "Somos hijos de nuestra historia, de nuestro linaje, de nuestro lenguaje, de la época y del contexto cultural en el que nacimos". Eso aparece, de manera inevitable, en cómo hablamos, cómo ponemos límites, cómo reaccionamos cuando hay un quilombo, y también en las ideas que circulan por casa sobre el éxito, la plata y el cariño. No hay varita mágica que borre eso.

El problema no es la repetición en sí, sino lo que se repite

Acá hay que marcar un punto clave que el especialista insiste en aclarar, porque sino queda todo en una nebulosa. Repetir no es el problema en sí, me explicó. El problema aparece cuando lo que se repite es aquello que hizo sufrir, y encima no se lo puede ni nombrar. Lo que se tiene que cortar de raíz, según sus palabras, es "aquello que maltrata, humilla, abusa, niega la individualidad o hace sufrir de manera sostenida". El resto, dice, es parte de cualquier crianza.

Las marcas más jodidas de cambiar no son las más ruidosas, ojo. Son las que están tan metidas adentro que uno ni las cuestiona durante años. McCoubrey me enumeró varias, y las las paso en limpio porque sirven para reconocerse:

  • Pérdidas silenciadas, duelos que en casa nunca se pudieron hablar y que pesan igual.
  • Violencias naturalizadas, gritos, cachetazos o castigos que se vivieron como algo normal.
  • Vergüenzas heredadas, cosas de las que los padres se avergonzaban y que se transmitieron sin palabras.
  • Mandatos que viajan de generación en generación, del tipo "en esta familia los hombres no lloran" o "las mujeres tienen que aguantar".

El hilo en común, como me dijo él, suele ser la rigidez. La dificultad para bancarse que un hijo sienta, piense o necesite algo distinto de lo que uno tenía pensado. Cuando eso aparece, la historia propia se mete en la crianza sin que uno se dé cuenta.

Hacer exactamente lo contrario tampoco alcanza

Hay una tentación muy común entre los que tuvimos infancias difíciles, y acá viene otro punto central de la charla: jurar que vamos a hacer todo lo contrario. El especialista me advirtió con una frase que me quedó dando vueltas: "Criar solo en oposición a la propia infancia puede volver la crianza reactiva: en vez de responder a las necesidades reales del hijo, se responde a una pelea pendiente con los propios padres". El que se crió en una casa muy rígida puede terminar creyendo que cualquier frustración del nene es un trauma, y ahí se cae en el otro extremo, el de no poner nunca ningún límite.

La clave, me insistió varias veces, no está en encontrar un punto medio matemático. Está en mirar al pibe concreto que uno tiene en frente. Como me dijo con una precisión que me pareció enorme: "Un límite puede ser profundamente amoroso si protege, ordena y no humilla. Y una libertad puede ser abandonante si deja al niño solo frente a algo que todavía no puede resolver". Ahí, en ese equilibrio fino, se juega la cosa.

Las señales de que la historia propia se está metiendo

Una pista concreta para darse cuenta aparece en las reacciones desmedidas frente a situaciones cotidianas. Una bronca que se desborda por una pavada, una preocupación extrema porque el nene se golpeó la rodilla, la necesidad de tener todo bajo control absoluto. Esas reacciones, me explicó McCoubrey, suelen hablar más de la historia del adulto que de lo que el pibe efectivamente hizo.

Cambiar esos patrones no es prometer no volver a equivocarse nunca. Es algo más chico y por eso más posible, como me dijo él cerrando la charla: "A veces el primer cambio no es no gritar nunca; es poder detenerse antes, pedir una pausa, volver y decir: lo que hice no estuvo bien, voy a tratar de hacerlo distinto". Eso, en una casa de Boedo donde me crié junté y donde todavía escucho a los vecinos gritarse de balcones para adentro, ya es una revolución.

Antes de irme del consultorio, mientras apagaba la grabadora, me crucé en la puerta con Marina, del barrio de Caballito, que iba a su primera sesión. Me dijo, ya en la vereda y encogiéndose de hombros como pidiendo permiso: "Vengo a ver si puedo dejar de gritarles como me gritaban a mí". Esa frase, me parece, resume todo lo que hablamos. La buena noticia es que se puede empezar por ese lugar.

FC
Facundo CamargoSociedad y vida cotidiana

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