La salud mental de los chicos suena la alarma y las respuestas llegan a los pedazos
Consultorios saturados, escuelas desbordadas y guardias que reciben a pibes que llevan años cargando violencia y soledad en silencio: un mapa urgente de lo que se ve y de lo que falta para escuchar a tiempo.
Acá, en esta esquina cualquiera de cualquier ciudad argentina donde una escuela primaria todavía tiene vereda rota y un kiosco abierto hasta tarde, la crisis de la salud mental infantil ya no se esconde detrás de los diagnósticos técnicos ni de los papers académicos. Se ve, se toca y se escucha en los recreos, en las salas de espera de los centros de salud, en las mesas familiares donde un nene deja de comer, en los teléfonos de adolescentes que mandan mensajes que dejan a los padres con el corazón en la boca, y por eso mismo vale la pena recorrerla con tiempo, con calma y con la seriedad que el tema merece.
Lo que llega a las aulas y a los consultorios
En los consultorios, en las guardias de los hospitales públicos y en las aulas de las escuelas secundarias se repite, casi como un eco que ya nadie puede ignorar, un patrón que los profesionales empiezan a reconocer de memoria: chicos que no logran dormir o que se duermen rendidos por el agotamiento de cargar durante meses con angustias que nadie les nombró, adolescentes que dejaron de comer o que empezaron a comer de manera compulsiva como una forma de tapar agujeros emocionales que no saben cómo decir, nenes y nenas que se aíslan del mundo hasta volverse invisibles para sus propios compañeros, pibes que se lastiman los brazos o las piernas en silencio y que a veces lo muestran a gritos, y también, en los casos más extremos y dolorosos, chicos que expresan con una claridad que estremece que no quieren seguir viviendo, como me lo contaba hace poco Marta, una psicóloga del barrio de Flores que atiende en un centro de salud desbordado de demanda y donde la lista de espera para conseguir un turno con un especialista ya supera los seis meses en varios distritos del conurbano.
Detrás de cada uno de esos síntomas hay una historia que, en muchísimos casos, tardó años en encontrar a alguien dispuesto a escucharla con tiempo, sin apuro y sin derivaciones que terminan en la nada, y esa demora no es un dato menor ni un detalle administrativo: es la diferencia entre un cuadro que se puede acompañar a tiempo y un cuadro que se cronifica y se lleva puesta la infancia entera de un pibe que todavía no aprendió a poner en palabras lo que le pasa por dentro.
La violencia como punto de partida
La violencia aparece una y otra vez como el punto de partida de buena parte de los padecimientos que hoy atiborran los consultorios, y los números que maneja Unicef en la Argentina son lo suficientemente elocuentes como para detenernos un segundo antes de seguir: una de cada ocho niñas y mujeres sufrió una violación o una agresión sexual antes de cumplir los dieciocho años, y la proporción trepa a uno de cada once entre los varones, lo que quiere decir que en cualquier aula, en cualquier club, en cualquier barrio del país hay historias de abuso que permanecen silenciadas porque nunca encontraron un interlocutor válido, y que sus efectos sobre la salud mental pueden extenderse durante décadas enteras si no hay un adulto que las vea, que las crea y que las acompañe en el camino de reparación que, cuando existe, siempre es largo y siempre es colectivo, porque ningún pibe sale solo de estas cosas.
- Violencias sexuales y maltratos que atraviesan la infancia sin quedar registradas en ningún expediente.
- Exposición en plataformas digitales a contenidos sexuales no deseados, apuestas y material que promueve conductas de riesgo.
- Uso intensivo de pantallas como refugio ante soledades que no encuentran otro lugar adonde ir.
- Resultados educativos a la baja, con casi ocho de cada diez estudiantes de quince años por debajo del nivel básico en Matemática según las pruebas Pisa 2025.
- Hambre, violencia y abandono como parte del paisaje cotidiano en buena parte de los hogares que llegan a los dispositivos de salud y educación.
Cuando la respuesta llega a pedazos
Cuando una familia por fin logra advertir que algo está mal y se anima a pedir ayuda, lo que suele encontrar del otro lado son servicios saturados hasta el tope, falta de profesionales especializados, sobre todo en el interior del país, y tiempos de espera que convierten una señal temprana en una urgencia que ya nadie puede contener, y lo más grave es que la atención llega fragmentada en mil pedazos que no se terminan de armar nunca: la escuela recibe el problema de conducta que se desbordó en el aula, el hospital se hace cargo del síntoma físico o de la crisis que llegó a la guardia, la justicia toma la infracción o la denuncia si es que la hay, y el chico, en el medio de ese circuito de informes, de intervenciones y de derivaciones que van y vuelven, se pierde como persona y queda reducido a un expediente más en una pila que nadie tiene tiempo de leer hasta el final, como me lo resumía con crudeza y con una mezcla de bronca y de ternura Daniel, un docente secundario del barrio de San Telmo que lleva más de veinte años intentando contener pibes que el sistema se encarga de soltar apenas los ve complicados, y que me decía, mientras acomodaba sobre el escritorio un café ya frío, que del otro lado del mostrador lo que sobra es voluntad y lo que falta, de manera estructural, es Estado presente, articulado y con presupuesto para hacerse cargo de lo que ya no puede esperar ni un minuto más.
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