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SÁB, 17 OCT 2026
Vida

La mano que calma: por qué el contacto físico puede bajar el miedo y la ansiedad

La neurocientífica afectiva Paula Salamone explica cómo un gesto tan simple como tomarse de la mano, abrazar o acariciar modifica respuestas del sistema nervioso y por qué el cuerpo distingue entre tocarse a uno mismo y recibir el tacto de otro.

FC
Facundo CamargoSociedad y vida cotidiana · · lectura 4 min
La mano que calma: por qué el contacto físico puede bajar el miedo y la ansiedad

Acá en Buenos Aires, una tarde cualquiera, basta con mirar alrededor para entender de qué va esta nota: en la vereda una abuela le acaricia la mejilla a su nieto, en el café un amigo le da una palmada en la espalda al otro mientras se ríen, en la parada del colectivo una pareja se abraza largo sin decir nada. Son escenas que parecen menores y, sin embargo, tienen peso propio sobre cómo sentimos. La ciencia viene acumulando evidencia de que el contacto físico no es un detalle decorativo de la convivencia: interviene de manera concreta en la regulación de las emociones y hasta en las respuestas del organismo frente al estrés. Lo dice con claridad Paula Salamone, doctora en Neurociencias Afectivas, investigadora del CONICET y una de las voces más escuchadas en la Argentina cuando se cruzan cerebro, piel y vínculos.

La pregunta que abre el tema es casi obvia y, por eso, reveladora: ¿por qué darle la mano a alguien que tiene miedo o que está angustiado parece servirle? Salamone lo pone en palabras llanas: ese tipo de contacto puede ayudar a reducir la ansiedad. Y hay un ejemplo que, según ella, está especialmente estudiado y que cualquier padre o maestra reconoce: los chicos que toman la mano de un adulto cuando se enfrentan a una situación que les genera temor. Esa mano adulta no es solo un ancla emocional; modifica lo que pasa adentro del cuerpo.

Lo que pasa entre la piel y el cerebro

El mecanismo no es mágico ni abstracto. Salamone, que investiga cómo se relacionan los estímulos que llegan a la piel con la actividad del cerebro, la médula espinal y el resto del organismo, lo describe como una conversación entre sistemas. Recibir una caricia, un abrazo o un massage, explica, puede modificar reacciones fisiológicas asociadas con el estrés y la relajación. Dicho de otro modo: el cuerpo registra el contacto y responde. La investigadora aclara que el campo se llama neurociencias afectivas precisamente porque estudia cómo lo que sentimos se apoya en lo físico, en lo biológico y en lo vincular, todo al mismo tiempo.

Hay un matiz que a mí, como lector curioso, me parece de los más interesantes: el cerebro no procesa de la misma manera el contacto que uno se hace a sí mismo y el que llega desde afuera. Tocarse el pelo, acariciarse la barba, frotarse las manos cuando hace frío son gestos de autocontacto que también regulan emociones. Pero cuando interviene otra persona, la cosa cambia. Salamone lo resume así: existe una distinción entre las acciones que uno genera sobre el propio cuerpo y los estímulos que provienen de alguien más, y esa diferencia se nota en cómo se procesa la experiencia.

Las cosquillas como ejemplo de la diferencia

Las cosquillas sirven, justamente, para entender esa frontera. Si uno intenta hacérselas a sí mismo, anticipa el lugar, el momento y la forma del toque, y esa previsión le quita sorpresa e intensidad. Cuando las cosquillas las hace otro, queda un componente de incertidumbre que cambia por completo la sensación. Salamone agrega que, además, las cosquillas forman parte del juego y del intercambio social: no son solo un estímulo sobre la piel, son un pequeño acuerdo entre dos cuerpos que se divierten juntos.

Porque, claro, no todas las culturas viven el contacto de la misma manera. Salamone cuenta, casi como una anécdota de su propia biografía científica, que durante su trabajo de investigación en Suecia conversar con un colega a tres metros de distancia era algo perfectamente habitual. Acá, a esa distancia, la conversación se vuelve rara. La especialista aclara que esas diferencias en el espacio personal no implican que se sientan emociones distintas, sino que cada cultura tiene sus propias formas de expresarlas y de vincularse. La vara cambia, pero lo que se siente adentro no necesariamente.

El tango, la pandemia y el cuerpo propio

En Argentina, Salamone integra el equipo de Tango-i Lab, un grupo que estudia la relación entre el contacto físico y los síntomas de despersonalización, esa sensación que algunas personas tienen de sentirse ajenas a su propio cuerpo. La elección no es casual: el tango, con su abrazo estrecho y su manera de sostener al otro, ofrece un terreno de investigación único. El mismo equipo se preguntó también si la falta de interacción física durante el aislamiento por la pandemia dejó huellas posteriores. Salamone es prudente con la respuesta: por ahora, dice, se trata de una pregunta de investigación abierta, sobre la que todavía no hay conclusiones cerradas.

Vuelvo a la esquina de la que partí, la de cualquier ciudad argentina, porque a esta altura ya parece mentira que algo tan cotidiano como una mano tendida o un abrazo merezca un título con palabras tan grandes como sistema nervioso o regulación emocional. Y sin embargo lo es. Como me dijo la propia Salamone en algún tramo de la charla, lo que parece un gesto menor es, en realidad, una de las formas más viejas y más efficaces que tenemos los seres humanos de decirle al otro que no está solo. Acá, a la vuelta, eso se nota.

FC
Facundo CamargoSociedad y vida cotidiana

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