La científica de Belgrano que le enseña a las máquinas a buscar vida en las estrellas
Cecilia Garraffo dirige un instituto en Harvard que aplica inteligencia artificial a la astronomía. En su paso por Buenos Aires, explicó por qué la mayoría de los investigadores considera que la vida fuera de la Tierra no es una rareza sino una cuestión de números, y cómo los nuevos telescopios están cambiando para siempre la forma de mirar el cosmos.
Acá en Buenos Aires, en una tarde cualquiera de noviembre, el sol cae distinto sobre la Facultad de Ingeniería del ITBA. Hay un rumor de runrún entre los pasillos que no tiene nada que ver con las finales: una científica argentina, criada en Belgrano, está por dar un seminario sobre inteligencia artificial aplicada a la astronomía. Se llama Cecilia Garraffo y hace casi dos décadas que se fue del país. Volvió unos días para contar lo que está haciendo en el Centro de Astrofísica de Harvard y Smithsonian, donde dirige el Instituto AstroAI. Y lo que está haciendo, básicamente, es entrenar computadoras para que encuentren vida en otros planetas.
Cecilia habla con la cadencia de quien sabe que lo que dice puede sonar de película, pero lo sostiene con datos. “Pienso que hay vida en otros lugares del universo. No puedo probarlo. Pero es una cuestión estadística. Lo raro sería que no hubiera más vida que la que conocemos”, dice, sentada en un aula del ITBA, mientras los alumnos terminan de acomodarse. La frase es directa y, al mismo tiempo, cuidadosa: aclara de entrada que habla de cualquier forma de vida, desde una bacteria hasta un virus, y que las distancias cósmicas vuelven poco probable cualquier tipo de comunicación, incluso si existiera vida inteligente.
De Actuario a astrofísica, con Hawking de por medio
El camino hasta Harvard no fue recto. Cecilia arrancó la universidad en La Plata, inscripta en Actuario, una carrera donde la matemática manda. “Me anoté porque se me daba bien la matemática, era lo que más me gustaba”, cuenta. Llegó hasta tercer año. En ese momento se cruzó con los libros de Stephen Hawking y con la película “Contacto”, basada en la novela de Carl Sagan. La combinación le cambió la cabeza. Se pasó a Astronomía y no volvió a mirar atrás. Hizo el doctorado en Física en la UBA y después se fue a Estados Unidos para hacer dos posdoctorados: uno en astrofísica computacional y otro en inteligencia artificial. Eran los años en que esas dos disciplinas empezaban a entrelazarse de verdad.
En 2025 recibió el Premio Presidencial a la Trayectoria Temprana para Científicos e Ingenieros, la distinción más alta que entrega el gobierno estadounidense a científicos jóvenes. Para una investigadora que se fue del país con una valija y muchas dudas, el reconocimiento es también un mensaje raro: la academia global mira cada vez más hacia los algoritmos para descifrar el universo.
Cuando una noche de observación genera más datos que toda la historia de la astronomía
El cambio de escala lo explica el Observatorio Vera Rubin, en Chile. En una sola jornada de observación produce la misma cantidad de datos que todo lo acumulado a lo largo de la historia de la astronomía. Procesar eso sin herramientas de inteligencia artificial sería, directamente, imposible. Ahí entra el instituto que Cecilia dirige desde Cambridge, Massachusetts.
Aclara algo importante: no usan las herramientas comerciales que cualquier persona puede abrir desde una notebook. Trabajan con modelos propios. “La particularidad de esos sistemas no es solo la velocidad con la que procesan datos, sino la capacidad de encontrar patrones que nadie estaba buscando. Podemos intencionalmente buscar patrones que no conocemos ni sabemos que están ahí”, explica. La idea suena abstracta, pero el ejemplo la aterriza: si a un astrónomo clásico le pregunto qué buscar en una atmósfera lejana, me va a decir oxígeno, metano, agua. El modelo de ellos, en cambio, puede revisar millones de combinaciones químicas y señalar rarezas que a un humano ni se le habían ocurrido.
Oxígeno, biosignaturas y la pregunta que todavía no tiene respuesta
¿Cómo se busca vida, técnicamente? Cecilia lo desgrana con paciencia. Se analizan las llamadas biosignaturas: señales químicas en la atmósfera de mundos lejanos que podrían indicar actividad biológica. La candidata más mencionada es el oxígeno. “Mencionamos el oxígeno como una molécula candidata, aunque medirlo en atmósferas lejanas es técnicamente difícil con los instrumentos actuales”, reconoce. El límite no es teórico, es de tecnología: hoy los telescopios no alcanzan para ver con suficiente detalle lo que pasa en planetas que orbitan otras estrellas.
Eso explica por qué la inteligencia artificial se volvió indispensable. Los próximos telescopios, gigantes, van a generar volúmenes de información tan grandes que los métodos tradicionales de análisis no dan abasto. Hay que entrenar modelos para que filtren el ruido y marquen lo raro. Y acá aparece un punto que a Cecilia le gusta remarcar: la IA no reemplaza al astrónomo, lo potencia. El científico sigue tomando las decisiones, pone las preguntas, interpreta los resultados. La máquina hace el resto.
Ciencia, país y una certeza que todavía no es certeza
En el aula del ITBA, después del seminario, un alumno le pregunta si la Argentina tiene lugar en esta nueva astronomía. Cecilia no esquiva la pregunta. Dice que sí, que la formación en ciencia básica en el país es muy buena, y que la fuga de cerebros se podría revertir si hubiera políticas estables de financiamiento y de inserción. Habla de colegas que se fueron y que hoy trabajan en los mejores centros del mundo. “Hay gente muy valiosa afuera. Lo que falta son oportunidades concretas para que vuelvan”, resume, con ese tono conciliador que usa cuando habla de un tema que le toca de cerca.
“Lo raro sería que no hubiera más vida que la que conocemos.”Cecilia Garraffo, astrofísica y directora del Instituto AstroAI de Harvard
Antes de volver a Boston, Cecilia se queda un rato en la puerta del ITBA, mirando la calle, con el teléfono lleno de mensajes de colegas argentinos. Le pregunto qué siente cuando aterriza en Ezeiza. “Es raro. Es como volver a un lugar que no cambió tanto en algunas cosas y cambió muchísimo en otras. Acá aprendí a mirar el cielo, y ahora me pagan por hacerlo”, dice, mientras un viento de noviembre le revuelve el pelo. La frase le queda flotando en el aire de la ciudad, como una promesa y una pregunta al mismo tiempo.
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