La advertencia que llega de Yale y que cambia la conversación sobre la cafeína en los adolescentes argentinos
Especialistas explican por qué el café, las bebidas energéticas y hasta los sobres saborizados pueden sabotear el sueño y el rendimiento escolar de los más chicos, y qué señales mirar en casa antes de que el cansancio se vuelva costumbre.
En esta calurosa tarde de febrero, con la humedad pegada a la vereda y el ruido de los ventiladores de fondo, uno termina pensando que un café bien cargado es la solución lógica para bancar la jornada. Pero si en la casa hay un adolescente que no puede pegar un ojo, que se levanta como si le hubieran pegado un ladrillazo o que anda con los nervios de punta, la conversación que hay que dar no pasa por servirle otra taza: pasa por preguntarse cuánta cafeína viene consumiendo sin que nadie se diera cuenta. Eso es, al menos, lo que vienenando desde la Universidad de Yale un grupo de especialistas que hace rato le vienen prestando atención a cómo afectan estos productos a los pibes de entre 12 y 18 años.
Las señales que tienen que encender la luz amarilla en cualquier familia
- Dificultades para conciliar el sueño o mantenerse dormido durante la noche.
- Temblores, palpitaciones y una sensación de nerviosismo que aparece sin motivo claro.
- Caídas en el rendimiento escolar, falta de concentración y agotamiento durante el día.
- Molestias digestivas, ansiedad y una inquietud que parece instalada de manera permanente.
- Una dependencia creciente de bebidas con cafeína para "arrancar" la jornada o terminar la tarde.
Para la neumonóloga y especialista en sueño Sabhyata Agrawal, del centro médico de Yale, prestar atención a estas pistas es clave porque la cafeína no es inocua en los cuerpos que todavía están terminando de formarse. "Un exceso también puede provocar palpitaciones, molestias digestivas, inquietud y ansiedad", resumió la médica en diálogo con este portal. Lo dijo sin alarmismos, pero también sin rodeos: los adolescentes pueden experimentar estas molestias con cantidades sensiblemente menores que las que un adulto tolera sin demasiados problemas. Por eso, la recomendación de evitar la cafeína antes de los 18 años aparece como una de las sugerencias más fuertes que llegan desde el equipo de la doctora Jennifer Jiyun Park, investigadora del Departamento de Psiquiatría de esa universidad.
Ahora bien, acá viene uno de los puntos que más complica el diagnóstico en las casas argentinas: cuando uno piensa en cafeína, automáticamente se imagina un café de máquina, un cortado en la cocina o un mate bien cargado a media tarde. El problema es que el abanico de productos que la contienen es bastante más ancho y, sobre todo, bastante más disimulado. La profesora asociada de Psiquiatría Grace Kong, también de Yale, pone el foco en los formatos que los chicos y las chicas adoptan casi sin pensarlo: bebidas energéticas de todo tipo, gaseosas de cola, chocolatadas, chicles con cafeína y, sobre todo, esos sobrecitos saborizados que se disuelven en agua y que prometen "energía", "concentración" o "rendimiento". "Los sabores dulces y frutales disimulan el amargor y pueden favorecer que los jóvenes los prueben", explica Kong, y advierte que cada uno de esos sobres puede aportar entre 50 y 200 miligramos de cafeína por unidad. Si un pibe se toma dos o tres en una tarde de calor mientras juega en la compu, la suma empieza a ser preocupante.
Por qué el horario en el que se toma cambia todo
Acá es donde la cosa se pone fina, porque hay un dato fisiológico que mucha gente ignora y que cambia por completo la manera de pensar el consumo. Según Agrawal, la cafeína empieza a hacer efecto entre 30 y 45 minutos después de ingerirla. Lo que muchos no saben es que, entre cinco y seis horas más tarde, todavía queda dando vueltas en el organismo aproximadamente la mitad de la cantidad que se tomó. Esto significa que ese cafecito de las cinco de la tarde, o ese sobrecito de las siete de la noche antes de una partida larga, sigue activo bien entrada la madrugada. La recomendación que llega desde Yale es directa: evitar la cafeína después de las 13 o las 14, dependiendo del horario habitual de descanso de cada pibe. Para una familia tipo que cena cerca de las 21 y donde el chico se acuesta pasada esa hora, la cuenta cierra sola y preocupa.
A este cóctel se le suma un fenómeno propio de la adolescencia que Jennifer Jiyun Park describe con claridad: el reloj biológico se va desplazando de manera natural hacia horarios más tardíos, lo que hace que a los pibes les cueste horrores dormirse temprano y, a la mañana siguiente, levantarse para ir al colegio sea una batalla campal. Cuando el cansancio los empuja a buscar un estimulante para zafar, el alivio es momentáneo: la cafeína los mantiene despiertos un rato más, pero a la noche siguiente el sueño se vuelve a retrasar y al día siguiente el agotamiento se acumula un poquito más. Es un círculo que se retroalimenta y que, en muchos hogares de acá, se vive como una pelea diaria por sacar al adolescente de la cama.
“Los jóvenes pueden experimentar molestias con cantidades menores que los adultos, y por eso las recomendaciones para adultos no deben trasladarse a los menores.”Sabhyata Agrawal, neumonóloga y especialista en sueño de Yale
Qué mirar en casa, según los especialistas
La investigadora Jiyun Park hace otra observación que pega de lleno en el corazón de la vida cotidiana de los adolescentes argentinos: durante las sesiones de videojuegos online, el consumo de cafeína puede responder tanto al deseo genuino de mantenerse despierto como a una costumbre compartida con otros jugadores. En una partida con amigos a la noche, tomar un sobrecito o una bebida energética es parte del ritual, y los pibes lo incorporan como si fuera un caramelo. Por eso, desde Yale recomiendan revisar no solo cuánto se consume, sino también en qué contexto, a qué hora y con quién. Conversarlo en casa, sin sermonear, suele ser más efectivo que prohibir de entrada.
La propia Agrawal, con la tranquilidad de quien lleva años viendo estos casos en el consultorio, lo resume con una frase que a los padres les queda dando vueltas: prestar atención a las cantidades consumidas, evitar las bebidas energéticas en niños y adolescentes, y revisar los horarios de descanso y de uso de pantallas. No se trata de asustar a nadie, aclaran las especialistas, sino de entender que el cuerpo de un adolescente procesa la cafeína de manera distinta al de un adulto y de que, en muchos casos, ajustar pequeños hábitos alcanza para recuperar noches de sueño y mañanas un poco más llevaderas. Como dice Mabel, vecina de Palermo: "A mí me cambió la vida dejar de servirle café a mi hijo después del almuerzo; al principio protestaba, pero a la semana ya se dormía como un angelito y al colegio lo vi otra vez". A veces, la solución más efectiva es la más simple.
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