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SÁB, 17 OCT 2026
Vida

El eco silencioso del 11-S: los hijos de los rescatistas siguen pagando el trauma veinticinco años después

Un estudio del Columbia University Irving Medical Center a 270 hijos adultos de trabajadores que atendieron la emergencia en las Torres Gemelas y encontró que más del 20% tiene depresión y una cuarta parte sufre trastornos de ansiedad, aunque jamás pisaron la zona cero.

FC
Facundo CamargoSociedad y vida cotidiana · · lectura 4 min
El eco silencioso del 11-S: los hijos de los rescatistas siguen pagando el trauma veinticinco años después

En la esquina donde antes se levantaban las Torres Gemelas, hoy hay un memorial y un montón de turistas sacándose selfies. Pero a veinte cuadras, en algún departamento de Brooklyn o de New Jersey, hay gente que sigue pagando los platos rotos de aquel 11 de septiembre sin haber estado jamás en Manhattan ese día. Son los hijos de los rescatistas, de los bomberos, de los voluntarios que bajaron del tren con el uniforme puesto y volvieron a casa con la cabeza en otro lado. Una investigación que acaba de aparecer en PLOS Mental Health se tomó el trabajo de a 270 de esos hijos, hoy adultos, y los números duelen: más del 20% arrastra depresión clínica y más de una cuarta parte pelea contra algún trastorno de ansiedad, dos décadas y media después del atentado.

El dato que deja helado a cualquiera es que ninguno de esos hijos vio caer las torres. Eran pibes cuando pasó, todos menores de 18, y crecieron viendo a sus padres volver del Ground Zero destrozados por dentro, sin necesidad de que nadie les contara los detalles. Como me dijo una vez Marta, vecina del barrio de Once que atendió voluntarios en los meses siguientes: "a vos te contaban cosas sin palabras, nomás con mirarte ya sabías que algo no andaba bien". Eso, llevado al papel, se llama transmisión intergeneracional del trauma, y los investigadores del Columbia University Irving Medical Center lo acaban de poner en números concretos.

Lo que midió el estudio y por qué importa

Los investigadores cruzaron encuestas hechas a padres e hijos con los registros del World Trade Center Health Program, ese sistema que sigue de cerca la salud de los trabajadores que respondieron a la emergencia. La muestra se armó con 176 familias, y la principal autora del trabajo, la profesora Yael Cycowicz, fue clara al explicar el mecanismo: "No tenían que hablar de eso, pero en su conducta comunicaban de algún modo su miedo, ansiedad, desconfianza y preocupación". O sea, los padres no necesitaban relatar lo que habían visto para que los hijos absorbieran el peso de lo vivido.

El patrón dominante en los hijos no fue el trastorno de estrés postraumático clásico, sino la depresión y la ansiedad. Tiene lógica, si uno lo piensa: el TEPT aparece cuando uno vive el horror en carne propia, mientras que la depresión y la ansiedad son las marcas que deja la exposición prolongada a un entorno familiar que funciona con el freno de mano puesto.

  • Los hijos cuyos padres llegaron temprano a la zona cero y permanecieron más tiempo durante los primeros veinte días presentaron mayor riesgo de síntomas en la adultez.
  • La exposición de los progenitores a restos humanos se asoció con mayor carga de ansiedad en la descendencia.
  • La depresión actual de los padres predice depresión en los hijos; el TEPT activo de los padres predice TEPT, pánico y depresión en los hijos.
  • Los vínculos más negativos entre padres e hijos se asociaron con más síntomas depresivos y con trastorno por consumo de alcohol en los hijos.
  • Una menor calidez en el trato se relacionó directamente con más ansiedad en los hijos adultos.
  • El apoyo social fuera de la familia operó como factor protector, amortiguando parte del efecto.

Acá lo que me parece más fuerte es el dato de los vínculos familiares: no alcanza con haber estado expuesto al trauma, importa muchísimo cómo se construyó la relación día a día después. Cuando el lazo entre padres e hijos se volvió áspero, los síntomas depresivos treparon y apareció también el consumo problemático de alcohol en los hijos. En cambio, donde hubo un entorno social contenedor, clubes, amigos, vecinos, iglesias, los números mejoraron. Eso nos recuerda algo que en el barrio sabemos de memoria: al trauma se lo enfrenta mejor acompañado.

“El estudio deja una lección enorme y muy concreta para los equipos de salud mental que atienden a los respondedores del World Trade Center y sus familias: no se puede tratar solo al paciente que firmó la planilla, hay que mirar a toda la mesa familiar.”Conclusiones del equipo del Columbia University Irving Medical Center

La propia investigación remarca que cualquier abordaje que pretenda ser serio tiene que incluir a toda la familia en los tratamientos. Si el padre o la madre recibió atención por TEPT durante todos estos años, pero el hijo nunca fue tenido en cuenta, se perdió de atender la mitad del problema. Como me decía Rubén, vecino de Almagro que es psicólogo y trabaja con veteranos: "uno puede medicar al rescatista todas las noches, pero si el pibe que lo mira cenar en silencio se está hundiendo solo, el tratamiento está a medias". A veinticinco años de los atentados, esta investigación llega para recordarnos que las heridas del 11-S siguen abiertas en lugares donde nadie lo sospechaba.

FC
Facundo CamargoSociedad y vida cotidiana

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