El cortisol no es el villano: qué hace realmente la hormona que todos quieren bajar
Endocrinólogos aclaran que se trata de un regulador clave del metabolismo, la presión y el sueño, y no de una toxina que se elimina con jugos virales. La diferencia entre una variación normal y el síndrome de Cushing.
A la vuelta de cualquier farmacia del barrio todavía se ve el cartel luminoso encenderse apenas empieza a oscurecer, y uno se acuerda de la cantidad de veces que escuchó la palabra cortisol en una misma semana, siempre envuelta en promesas de detox, de batidos mágicos y de diagnósticos exprés que se hacen en casa con la primera hoja de la libreta. La verdad es que la endocrinología viene diciendo hace rato que esa hormona no tiene nada de enemiga: es, en todo caso, una pieza fundamental del engranaje que nos mantiene despiertos, despiertos del todo, con la presión arterial en rango y el sistema inmune a tono. Entonces, ¿de dónde sale tanta obsesión por bajarla?
Para entenderlo conviene empezar por lo básico. El cortisol lo producen las glándulas suprarrenales, unos órganos pequeños que se apoyan sobre los riñones, y cumple funciones que van mucho más allá de las que circulan en los videos cortos. Participa en la regulación del metabolismo de los hidratos de carbono, las grasas y las proteínas; ayuda a sostener la presión arterial; modula la respuesta inflamatoria y la inmunitaria; y también está metido en el ciclo de sueño y vigilia, que es justamente por qué nos cuesta dormir cuando andamos a las corridas con un problema encima. Sus niveles alcanzan el pico más alto entre la madrugada y la mañana temprana, y van bajando a lo largo de la tarde y la noche. A ese patrón se lo llama ritmo circadiano, y funciona como un reloj interno que se repite cada veinticuatro horas.
Estrés, examen y pico transitorio
La presidenta de la Sociedad Argentina de Endocrinología y Metabolismo, María Susana Mallea Gil, lo resume con una imagen que pega fuerte: si alguien se mide el cortisol justo antes de rendir un examen, casi seguro le va a dar más alto de lo habitual, y eso forma parte de la adaptación fisiológica, no de una patología. Es decir, el cuerpo está haciendo lo que tiene que hacer: prepararse para una amenaza, real o imaginaria, y liberar un poco más de hormona para tener energía rápida, para estar alerta, para responder. Cuando la amenaza pasa, los valores vuelven a su cauce. Esa es la versión normal, la que no debería preocuparnos en absoluto.
Lo que sí es un problema clínico
El cuadro que sí reviste gravedad se llama síndrome de Cushing, y aparece cuando la exposición a niveles excesivos de cortisol se prolonga en el tiempo. En esos casos el ritmo circadiano se altera de manera llamativa: la hormona puede estar tan alta a la tarde o a la noche como a la mañana, algo que una variación normal jamás hace. Pero ojo con un dato clave: ese síndrome no tiene relación con el estrés cotidiano ni con las preocupaciones del día a día. Es una entidad clínica concreta, que requiere diagnóstico y seguimiento médico, y no se parece en nada a lo que los youtubers cuentan sobre la grasa abdominal rebelde.
Los mitos que inundan las redes
Mientras tanto, en las plataformas digitales los hashtags sobre niveles de cortisol y cómo reducirlos acumulan millones de visualizaciones, y los contenidos prometen identificar la cara de cortisol, eliminar la grasa abdominal sin esfuerzo o curar el cansancio con una bebida casera preparada en licuadora. Mallea Gil es directa cuando le preguntan qué piensa de todo eso: “Mucho de lo que se dice sobre el cortisol en las redes no tiene sustento desde el punto de vista endocrinológico.” Y la enumeración de promesas sin base se vuelve larga.
- El llamado cortisol cocktail, una preparación con jugos naturales, sales y, en algunas versiones, suplementos. Aunque ciertos ingredientes pueden consumirse sin riesgo, no existe evidencia científica que respalde su efecto sobre las glándulas suprarrenales ni sobre los niveles de la hormona. La endocrinóloga Jodi Nagelberg, de la Universidad de California, lo calificó directamente como una exageración, en el mejor de los casos.
- El cortisol detox, que propone eliminar la hormona como si fuera una toxina. El cuerpo ya regula sus propios niveles a través del eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal, un circuito sofisticado que no se corrime con un batido de naranja, sal y adrenalina mal puesta.
- La cara de cortisol, una etiqueta visual que circula en TikTok e Instagram. Los cambios que se describen, como hinchazón o aspecto abotagado, pueden tener múltiples causas y no basta con una selfie para diagnosticar nada serio.
- La asociación automática entre cortisol alto y grasa abdominal. Aunque el exceso sostenido de la hormona puede favorecer la acumulación de grasa en el tronco, eso ocurre en el marco del síndrome de Cushing, no en personas sanas con estrés laboral.
Entonces, ¿cuándo sí vale la pena consultar? Mallea Gil suele responder esa pregunta con dos ideas fuerza. La primera es que las variaciones cotidianas del cortisol son eso, variaciones, y no ameritan un estudio ni un tratamiento. La segunda es que, si aparecen señales sostenidas como aumento de peso inexplicado, hipertensión de reciente aparición, cambios en la piel muy marcados o alteraciones del sueño que no se explican por otra causa, lo razonable es acercarse a un endocrinólogo y dejar que sea el profesional quien indique los estudios correspondientes. Una sola medición aislada, hecha a las apuradas y en cualquier horario, no sirve para sacar conclusiones serias: el cortisol se interpreta en contexto, con horarios, con repeticiones y, sobre todo, con criterio clínico. Carlos, vecino de Once y que hace décadas convive con turnos rotativos, resume algo que parece de perogrullo pero que las redes se empeñan en tapar: “El cuerpo sabe regularse solo, lo que hay que entenderlo es al cuerpo, no a la última receta de moda.”
“Mucho de lo que se dice sobre el cortisol en las redes no tiene sustento desde el punto de vista endocrinológico.”María Susana Mallea Gil, presidenta de la Sociedad Argentina de Endocrinología y Metabolismo
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