Dolina, ahora Doctor: la UBA lo aplaudió de pie y él devolvió la gentileza con su mejor prosa
El escritor y conductor radial recibió el Honoris Causa de la Universidad de Buenos Aires en un acto colmado en la Facultad de Ciencias Sociales, que cerró con un mano a mano junto a Gabriel Rolón. Una tarde para entender por qué este señor ya es parte del paisaje.
Le confieso una cosa: cuando llegué al Auditorium de la Facultad de Ciencias Sociales, en la calle Santiago del Estero, todavía no había empezado el acto y ya había una fila que doblaba la esquina. Gente de todas las edades, con carpetas bajo el brazo y esa expresión de quien va a ver a alguien que le debe algo, aunque en realidad es al revés. El viernes por la tarde, la Universidad de Buenos Aires le entregó a Alejandro Dolina el título de Doctor Honoris Causa, y la ciudad, simplemente, se acercó a saludar.
La distinción había sido aprobada el año pasado por resolución de la Facultad de Ciencias Sociales. La propuesta reconoce una trayectoria que cruza la literatura, la música, la radio y el teatro, y que incluye desde su paso por las carreras de Letras, Historia y Música hasta títulos como Crónicas del Ángel Gris y Notas al pie, además de premios como el Martín Fierro de Oro 2022, cuatro premios Argentores, el Konex Diploma al Mérito de 1991 y el diploma de Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires, obtenido en 2001.
La laudatio y el peso de una palabra
Durante el laudatio, la directora de la Carrera de Ciencias de la Comunicación, Larisa Kejval, se detuvo en algo que cualquiera que haya sintonizado La venganza será terrible sabe de memoria. Dijo que el programa que Dolina conduce desde hace más de cuatro décadas es uno de los pocos que compite contra sí mismo en términos de audiencia, porque su cuenta oficial en Spotify convive con grabaciones caseras subidas por oyentes a lo largo de años.
“Es uno de los pocos programas que compiten contra sí mismos en términos de audiencia.”Larisa Kejval, directora de la Carrera de Ciencias de la Comunicación
El texto leído en el escenario también señaló algo que a mí, como oyente de toda la vida, me parece justo: que el nombre de Dolina se haya vuelto adjetivo, que ya haya un verbo para designar ese modo de contar las cosas, y que en el barrio de Flores haya una plaza llamada Ángel Gris, en homenaje a uno de sus personajes, en lugar de llevar el nombre de su creador. Es el triunfo de la prosa, se dijo, y la sala lo festejó como si fuera una boutade del propio Dolina.
Dolina y Rolón: la charla esperada
Después de la entrega formal, llegó el plato fuerte: el conversatorio entre Dolina y el psicoanalista Gabriel Rolón. Lejos de cualquier solemnidad académica, los dos se sentaron a charlar como si la sala estuviera vacía. Hubo rispideces amables, digresiones filosóficas y ese humor oblicuo que Dolina cultiva desde los tiempos de Del Buen Saber. Rolón tiró alguna pregunta sobre el oficio de narrar y Dolina devolvió respuestas largas, con esa cadencia que uno reconoce de toda la vida: la frase que parece irse por las ramas y termina iluminando un concepto. El público acompañó con silencios atentos y aplausos que estallaban en los momentos justos, como si la sala entendiera cuándo interrumpir y cuándo dejar que la idea cerrara sola.
A la salida, mientras la gente se dispersaba por Marcelo T. de Alvear todavía comentando frases sueltas, me quedé pensando en algo. La UBA viene distinguiendo con el Honoris Causa a figuras centrales de la cultura popular: el año pasado, Charly García fue reconocido por la Cátedra de Música Popular de la carrera de Artes, y el Indio Solari recibió el mismo título en la Facultad de Ciencias Médicas, apenas veinte días antes de su muerte. Es una decisión que honra a la universidad tanto como a los homenajeados, porque les dice a varias generaciones que esa música y esas historias que escucharon en la radio también merecen un lugar en los manuales. Dolina, por lo demás, no dio ningún discurso de cierre. Lo conozco: cuando él habla, lo hace siempre, con o sin podio. Y esta vez no hizo falta nada más.
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