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SÁB, 17 OCT 2026
Vida

Decir que no, el gesto pequeño que cambia la vida: por qué a tantos les cuesta y qué pasa cuando no lo logran

FC
Facundo CamargoSociedad y vida cotidiana · · lectura 3 min
Decir que no, el gesto pequeño que cambia la vida: por qué a tantos les cuesta y qué pasa cuando no lo logran

Empiezo esta nota desde una esquina cualquiera de Buenos Aires, la de mi cocina un domingo a la tarde, con el viento entrando por la ventana y el teléfono sonando por tercera vez. Es el tío que siempre pide una mano extra, el compañero de trabajo que descarga su agenda en uno, el vecino que necesita el favor de siempre. A todos les decimos que sí mientras masticamos una bronca que no sabemos bien de dónde sale. Esa bronca, según lo que cuentan los especialistas, tiene nombre y apellido: se llama dificultad para poner límites, y es más común de lo que uno imagina.

La escena se repite en las casas, en las oficinas y hasta en los grupos de WhatsApp de familia. Hay gente que acepta turnos que no le corresponden, que firma préstamos por compromiso, que se queda callada en una reunión cuando sabe que algo está mal. No lo hacen por debilidad ni por bondad extrema: lo hacen porque aprendieron muy temprano que decir que no pone en riesgo algo que les importa mucho, y entonces prefieren tragarse el enojo antes que perder el vínculo.

El cuerpo termina poniendo los límites que la palabra no puso

Los efectos, coinciden los profesionales, no se quedan solamente en el plano emocional. La ansiedad aparece como una compagna diaria, el cansancio se acumula aunque se duerman ocho horas y, con el tiempo, llegan los síntomas físicos: contracturas que no se explican, insomnio crónico, jaquecas que aparecen justo cuando hay que tomar una decisión incómoda. Es el cuerpo hablando en lugar de la boca.

“Hay gente que viene a la consulta con un dolor de espalda que nadie le encuentra causa orgánica, y cuando empezamos a charlar aparece que está cargando cosas que no le pertenecen, incluso pedidos de familiares que le pesan hace años.”Lucía Fernández, psicóloga clínica

En el otro extremo está el patrón inverso, el de quien no tolera que le digan que no. Cualquier negativa se vive como una ofensa, como un desafío personal. Puede parecer fortaleza, pero suele esconder una imagen frágil de uno mismo que necesita confirmarse venciendo al otro. Las relaciones, claro, se van vaciando en silencio: la gente se cansa y se aleja sin hacer ruido.

Acá, en la Argentina de todos los días, se ve seguido. En las familias ensambladas donde nadie quiere quedar mal, en los grupos de amigos que siempre pagan los platos rotos, en los matrimonios donde uno cede para evitar la discusión. La psicóloga Fernández, que atiende en el barrio de Belgrano, lo resume con una frase que me quedó dando vueltas: 'El límite no es lo contrario del amor, es una de sus formas'.

Lo que repiten los especialistas consultados es que no se trata de un destino escrito. Se construyó en un momento, y cuando no se construyó bien, se puede revisar. Un proceso terapéutico ofrece el espacio para aprender a decir 'hasta acá' sin sentir que se traiciona al otro, y para escuchar un no ajeno sin vivirlo como un ataque personal. Es un trabajo largo, incómodo a veces, pero con resultados concretos.

La pregunta que todos deberíamos hacernos

Antes de cerrar, vale hacerse la pregunta que ronda toda esta nota: ¿en qué situaciones te cuesta más poner un límite, con desconocidos que no te importan o con quienes más querés? La mayoría, cuando se anima a responder con honestidad, descubre que el problema casi nunca está en el otro sino en el miedo a perderlo. Y que empezar a trabajarlo, aunque duela al principio, suele traer un alivio que no dan los mejores descansos.

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Facundo CamargoSociedad y vida cotidiana

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