Cuando lo que ves, sentís o creés ya no es lo que era: las señales que justifican una consulta médica
Alucinaciones, delirios y distorsiones de la percepción pueden responder a causas muy distintas. Especialistas insisten en que la evaluación profesional es la única manera de distinguir qué hay detrás de cada experiencia y evitar demoras que comprometan la salud.
Acá en el barrio, más de una vez me pasó de cruzarme con vecinos que te cuentan, con una mezcla de vergüenza y alivio, que algo les viene pasando y no saben si es cosa de la edad, de los nervios o de algo más serio. "Mirá, Facundo, yo a veces veo sombras que nadie más ve, y la cabeza me dice que no son reales, pero igual me asustan", me decía hace unos días Jorge, vecino de Villa del Parque, mientras tomábamos un cortado en la esquina de su casa. Casos como el de Jorge no son raros, y la verdad es que abren un montón de interrogantes que vale la pena recorrer con cuidado y sin apuro.
Porque una cosa es vivir cambios propios de los años que corren, y otra muy distinta es cuando la percepción se altera de un modo que empieza a interferir con la vida cotidiana. Ver imágenes que los demás no perciben, notar que los objetos o el propio cuerpo cambian de tamaño, o sostener creencias firmes que afectan los vínculos y el día a día son, según subrayan los especialistas, motivos más que suficientes para pedir una evaluación médica. Eso no significa que haya un diagnóstico a la vista: significa que hay experiencias que necesitan ser puestas en contexto por alguien que pueda mirar el cuadro completo.
Distorsiones, alucinaciones y delirios: tres experiencias distintas que a menudo se confunden
Antes de entrar en los motivos de consulta, conviene aclarar algo que en la calle se mezcla todo el tiempo. Una distorsión modifica la percepción de algo que efectivamente existe, como sentir de pronto que una habitación se achicó o se agrandó, o que las manos se estiraron. Una alucinación, en cambio, supone percibir algo que no está afuera: una voz, una figura, una textura. Y un delirio es otra cosa distinta: es una creencia fija que se mantiene aunque haya pruebas de lo contrario, como estar convencido de que un familiar fue reemplazado por un impostor o de que uno mismo dejó de existir. Las tres pueden sonar parecidas cuando uno las escucha de boca de un vecino, pero clínicamente son territorios bien diferentes, y por eso la evaluación profesional se vuelve indispensable para no meter todo en la misma bolsa.
- Cambios repentinos en la visión o aparición de imágenes que nadie más percibe, sobre todo en personas mayores con problemas de vista, donde puede estar detrás el síndrome de Charles Bonnet.
- Distorsiones persistentes del tamaño del cuerpo o del entorno, como las que se ven en el síndrome de Alicia en el País de las Maravillas, asociadas con frecuencia a migrañas en adultos y a encefalitis en menores de 18 años.
- Creencias firmes sobre la salud propia o sobre personas cercanas que provocan malestar intenso, deterioran los vínculos y no ceden frente a los argumentos de la familia o del entorno.
- Sensaciones físicas inexplicables, incluyendo la sensación de tener organismos sobre la piel o debajo de ella, que requieren descartar primero infestaciones reales, déficits vitamínicos, trastornos tiroideos, infecciones o consumo de sustancias.
- Celos delirantes u otras convicciones que se mantienen pese a las pruebas en contrario y que comprometen la convivencia o la rutina de la pareja.
Por qué no alcanza con la intuición del entorno familiar
Me lo decía Marta, vecina de San Telmo, mientras esperaba el colectivo en una mañana de esas con viento fuerte que te revuelve el pelo: "Yo al principio pensaba que mi marido se había vuelto caprichoso, que no quería aceptar los años, y un día resultó que lo que tenía era un problema de tiroides que le cambiaba toda la percepción". La frase de Marta resume algo que los especialistas remarcan una y otra vez: lo que parece un tema psicológico, una mania o un capricho puede tener raíces neurológicas, infecciosas, nutricionales o endocrinológicas, y solo un profesional puede ir descartando capas hasta llegar al fondo. Saltarse esa instancia o buscar atajos en Google suele terminar en demoras que pesan.
Por eso, más allá del motivo puntual que dispare la consulta, lo que se evalúa no es un síntoma aislado sino el conjunto: los antecedentes, el contexto, la edad, el estado cognitivo, los medicamentos que se toman, las sustancias que se consumen y otras manifestaciones que a veces pasan desapercibidas para quien las vive pero que para el ojo clínico son pistas centrales. Los exámenes neurológicos, cognitivos y, en presentaciones atípicas, los estudios de neuroimagen forman parte de ese recorrido, que nunca es lineal ni automático, pero que es la única manera razonable de definir qué atención necesita cada persona en función de lo que efectivamente le está pasando.
Y acá viene lo que más me gusta remarcar cuando hablo de estos temas, porque creo que es donde se juega buena parte del sufrimiento de las familias: ninguna de estas experiencias debe leerse como una conducta voluntaria, una decisión deliberada de llamar la atención o un capricho de alguien que no se quiere curar. "Lo peor no es lo que me pasa, lo peor es que mi propia familia piense que lo invento", me decía Jorge antes de despedirse, mientras el viento de la esquina arrastraba las hojas secas por la vereda. Cuando uno escucha eso en voz alta, entiende que la consulta médica no es un trámite: es, muchas veces, la manera de devolverle dignidad a una experiencia que venía siendo tratada como excentricidad o como falta de voluntad.
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