Consumo en retroceso y financiamiento más oneroso golpean a hogares y firmas: el cuadro de la economía cotidiana
La recaudación del Impuesto al Valor Agregado, ese indicador que suele funcionar como termómetro casi en tiempo real del pulso del comercio, vuelve a marcar un signo preocupante para las familias argentinas: las ventas minoristas acumulan una baja en términos reales. En términos concretos, lo que los hogares pueden adquirir con la misma cantidad de dinero es cada vez menor, y la brecha entre los precios que corren y los ingresos disponibles no logra cerrarse. Cuando se compara con el año anterior, el retroceso se vuelve persistente: no se trata de un mes aislado, sino de una tendencia que se sostiene y que se traduce en góndolas menos llenas y tickets promedio más bajos en los locales de barrio y en los grandes centros de compra.
Vamos a los números: el encarecimiento del crédito opera como segundo factor que explica el cuadro. Las tasas de interés reales, descontada la suba de los precios, se mantienen en terreno positivo, lo que vuelve prohibitiva cualquier decisión de financiamiento, ya sea pagar el resumen de la tarjeta en cuotas, sacar un préstamo personal o encarar la compra de un electrodoméstico o de un vehículo usado. En la práctica, lo que antes se resolvía estirando el pago hoy exige una pausa y, muchas veces, una postergación que termina impactando sobre el consumo y sobre la actividad económica en su conjunto.
Empresas bajo presión: morosidad en alza
El fenómeno no se agota en los hogares. Las empresas, especialmente las pequeñas y medianas, enfrentan el escenario más exigente de los últimos años: ventas reales estancadas o en retroceso y, al mismo tiempo, líneas de crédito más costosas. La cantidad de compañías clasificadas en situación diferente a la normal dentro del sistema financiero argentino trepó a 58.982 firmas, lo que representa un incremento del 53% respecto de los registros de doce meses atrás. Esa suba no es un dato aislado: refleja demoras en el pago de obligaciones, refinanciaciones crecientes y un conjunto de decisiones de inversión que quedan en suspenso, con el costo adicional de que se resigna generación de empleo y de actividad en las cadenas productivas.
El cuadro, leído en conjunto, describe una dinámica en la que el ajuste de las variables macroeconómicas recae con fuerza sobre el consumo y sobre la producción, con efectos que se perciben en el mostrador del almacenero, en la concesionaria y en la pyme que evalúa si renueva maquinaria o paga el alquiler. La pregunta que dejan planteada los números es cuánto puede sostenerse esta presión antes de que el consumo encuentre un piso y la rueda vuelva a girar en otra dirección.
- Consumo real en baja: la recaudación del IVA muestra ventas minoristas que pierden terreno frente a la inflación, con caída persistente al comparar con el año anterior.
- Crédito más caro: las tasas reales, activas, se mantienen positivas y encarecen tanto el financiamiento de las familias como el capital de trabajo de las empresas.
- Morosidad empresarial en alza: la cantidad de compañías con clasificación distinta a la normal en el sistema bancario llega a 58.982 firmas, 53% más que hace doce meses.
- Inversión postergada: la combinación de ventas débiles y costo financiero elevado frena proyectos que podrían dinamizar el empleo y la actividad.
- Impacto en el bolsillo familiar: lo que cambia, en concreto, es que una familia puntana termina pagando más por cualquier compra financiada, compra menos bienes durables y posterga reemplazos de electrodomésticos o vehículos, con el consiguiente deterioro del consumo cotidiano.
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