Colectivos del AMBA a media máquina: la pulseada por la deuda que nadie paga
Las 104 líneas de jurisdicción nacional reducirán frecuencias entre las 22 y las 5 por un faltante de 40.000 millones de pesos; el sistema ya transporta un 10,88% menos de pasajeros y la brecha entre lo que cuesta el boleto y lo que se reconoce llega al 66%.
La noche en el Área Metropolitana empieza a quedar a oscuras de micros. Las empresas que explotan las 104 líneas de colectivos de jurisdicción nacional decidieron, después de meses de avisos y de reuniones que no cerraban acuerdos, pasar a prestar apenas la mitad de los servicios entre las 22 y las 5, esa franja que muchos vecinos usan para volver del trabajo o para moverse cuando el resto de la ciudad se calla. La decisión es concreta y arranca en lo inmediato, y en el sector ya no descartan que, si la situación económica y la pulseada con el Estado no se destraban, el recorte se extienda a otros horarios del día, lo que terminaría afectando de lleno a los usuarios que dependen del transporte público para ir a sus empleos, a los turnos médicos o a los colegios.
La justificación de las cámaras empresarias, como me explicó Marcelo Paciutto, director de la Cámara Empresaria del Transporte Urbano de Buenos Aires (CETUBA), pasa por un agujero negro de 40.000 millones de pesos acumulado entre junio y octubre de este año. Las proyecciones oficiales de ingresos para ese período eran de 280.000 millones de pesos, pero a las empresas terminaron reconociéndoles apenas 240.000. La diferencia se explicaría, según las cámaras, por una cantidad de viajes inferior a la prevista y por errores en los propios cálculos oficiales. Paciutto resumió el estado de ánimo empresario con una frase que define la pulseada: "no tenemos fecha" para un plan de pagos en cuotas, es decir, ni siquiera tienen un cronograma cierto para empezar a cobrar lo que les deben.
Cifras que pesan y un déficit que se agranda
Los números del sistema muestran que la cosa viene cayendo desde hace rato. En septiembre viajaron 200,9 millones de pasajeros, contra 225,3 millones en el mismo mes del año anterior, lo que marca una merma del 10,88%. Y la flota activa, vale decir la cantidad de unidades que efectivamente salen a la calle, también se redujo: pasó de 17.310 a 16.700 colectivos en servicio, un 3,52% menos. Cada vez hay menos coches para más bocas que alimentar, y la consecuencia directa es una menor oferta justo en el momento en que el pasaje necesita al Estado como garante mínimo de la prestación.
- Costo real de operar el sistema en septiembre: 453.495 millones de pesos.
- Estructura de costos oficiales reconocidas: 361.692 millones de pesos.
- Diferencia mensual no cubierta: 91.803 millones de pesos.
- Boleto sin subsidios, según el Índice Bondi: 2.494 pesos.
- Cobertura de la tarifa vigente: solo el 33,91% del costo real.
- Déficit por pasajero: 456,92 pesos.
Los datos se desprenden del Índice Bondi que elabora la Asociación Argentina de Empresarios del Transporte Automotor (AAETA), y lo que reflejan es una diferencia sideral entre lo que sale mantener el sistema y lo que el esquema oficial de costos reconoce pagar. Un pasajero que hoy paga el boleto está cubriendo apenas algo más de un tercio de lo que cuesta transportarlo, y la distancia entre la tarifa vigente y lo que debería valer para mantener la rueda aceitada se financia con deuda que se acumula, con paradas que se achican y con usuarios que, del surco a la góndola, ya sienten el ajuste en el bolsillo y en la espera en la parada.
Cuatro cámaras, un solo comunicado y varios frentes abiertos
La decisión de bajar frecuencias la firmaron en conjunto cuatro cámaras empresarias del sector: CEAP, CETUBA, CTPBA y CEUTUPBA. En el texto, el sector advierte que la restricción será gradual y apunta, dicen, a "administrar los recursos disponibles" mientras siguen negociando. Las empresas suman otros motivos a la pulseada: la cercanía del pago del aguinaldo, la próxima ronda paritaria y la suba de los costos operativos que ya vienen golpeando a una actividad que trabaja a pérdida, y donde la compra de unidades, el gerenciamiento y la antigüedad de los vehículos son gastos que, según argumentan, no están contemplados como deberían ni compensan de manera razonable.
Mientras tanto, lo que queda a la vista es que el Estado todavía no resolvió cómo ni cuándo va a pagar los 40.000 millones que faltan, ni cómo va a recomponer un sistema que pierde pasajeros, flota y financiamiento al mismo tiempo. La pregunta que sobrevuela a los usuarios del AMBA, y a los miles de laburantes que dependen del colectivo para ganarse el pan, es cuánto falta para que la noche sin micros se vuelva una madrugada sin frecuencia y, después, un día entero a la espera de un bondi que no pasa.
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