Cáncer de pulmón, el tumor silencioso que ahora golpea a quien menos lo espera
Tras la operación al papa León XIV, el neurólogo Conrado Estol explicó de qué se trata el adenocarcinoma, por qué suele aparecer en no fumadores y cómo se define el pronóstico después de una lobectomía videoasistida.
Acá en Buenos Aires, cuando uno escucha la palabra cáncer de pulmón enseguida piensa en un fumador de toda la vida, en un paquete tras otro, en esa tos de mañana que ya se volvió costumbre y que muchos naturalizan como si fuera parte del paisaje. Por eso la noticia que llegó desde Roma esta semana dejó a más de uno con la ceja levantada: el Vaticano confirmó que el papa León XIV fue sometido a una cirugía por un adenocarcinoma pulmonar, el subtipo de tumor que, justamente, se lleva la peor fama entre quienes nunca encendieron un cigarrillo. Y acá es donde la cosa empieza a cambiar la manera en que miramos esta enfermedad, porque nos obliga a corrernos del lugar común y a entender que, cuando un adenocarcinoma aparece, lo hace en silencio, en la periferia del pulmón, lejos de los bronquios, sin dar señales hasta que ya lleva un buen rato creciendo.
Una operación de noventa minutos en el Gemelli
Según el parte oficial difundido por la Santa Sede, la intervención se realizó en el Policlínico Gemelli de Roma y duró alrededor de noventa minutos. Lo que se le practicó al Santo Padre fue una lobectomía del lóbulo inferior derecho mediante técnica videoasistida, es decir, una cirugía en la que, en lugar de abrir el tórax con una incisión amplia, se trabaja con pequeñas entradas y una cámara que guía al equipo quirúrgico. Durante el procedimiento, un estudio histológico rápido confirmó que el tejido extirpado correspondía a un adenocarcinoma. La evolución posterior fue descripta como normal: el paciente retomó la alimentación habitual, hizo kinesioterapia respiratoria y empezó a caminar dentro de su propia habitación, algo que los médicos suelen recomendar para evitar complicaciones y ayudar a que el pulmón restante se vaya expandiendo de manera progresiva.
Para entender por qué se optó por sacar el lóbulo completo y no solamente el nódulo, alcanza con pensar en la lógica oncológica que guía este tipo de decisiones, como me lo resumió el neurólogo Conrado Estol en una charla que mantuvimos esta semana. La lobectomía no se hace por capricho ni por exceso, se hace para asegurarse de que los márgenes queden libres de células tumorales y para permitir que el patólogo pueda analizar con detalle los ganglios linfáticos y la pleura, dos territorios clave a la hora de definir qué tan agresiva es la enfermedad. Durante la operación, un patólogo puede examinar muestras en el momento y distinguir entre un cáncer, una fibrosis o una cicatriz antigua, aunque el diagnóstico definitivo siempre queda en manos del estudio microscópico posterior, que es el que termina de cerrar el expediente.
Acá viene uno de los datos que más llaman la atención cuando uno empieza a revolver el tema, y que el propio Estol se encarga de remarcar cada vez que puede: el adenocarcinoma representa entre el 55 y el 80 por ciento de los casos de cáncer de pulmón en personas que no fuman. Dicho de manera directa, si uno junta a un grupo de no fumadores con cáncer de pulmón, lo más probable es que la gran mayoría esté lidiando con este subtipo, que suele localizarse en la periferia del órgano, lejos de los bronquios principales, y que por eso mismo demora tanto en dar síntomas. Como no obstruye una vía aérea gruesa, puede pasar mucho tiempo sin tos, sin falta de aire, sin nada que haga pensar que algo está creciendo adentro, y cuando finalmente aparece una señal, muchas veces el nódulo ya lleva un recorrido que el paciente ni sospechaba.
El pronóstico, como me lo explicaba Estol con esa pausa que le es propia cuando quiere que el otro entienda bien lo que está diciendo, depende de tres datos que por ahora no se dieron a conocer de manera pública: el tamaño exacto del nódulo, el estado de los ganglios linfáticos cercanos y si hubo o no compromiso de la pleura. Para que se tenga una idea de qué tan determinante puede ser esa información, el especialista planteó un escenario hipotético orientativo: si el nódulo mide dos centímetros, los ganglios están libres y la pleura no presenta compromiso, la sobrevida a cinco años puede acercarse al 99 por ciento. Es un número que, a priori, suena casi inverosímil para un diagnóstico de cáncer, y que muestra por qué los oncólogos insisten tanto con la detección temprana y con los controles posteriores a la cirugía.
En paralelo a la recuperación del pontífice, laboratorios especializados están analizando la genética del tumor, un paso que en los últimos años cambió de manera radical la forma de tratar varios subtipos de cáncer de pulmón. El estudio puede detectar mutaciones específicas en genes como EGFR, KRAS, BRAF, HER o MET, y cuando aparece alguna de ellas, se abren puertas a terapias dirigidas que se administran por vía oral y que apuntan directamente a la alteración molecular que está haciendo crecer la enfermedad. La inmunoterapia, en tanto, se aplica de forma intravenosa y trabaja sobre el sistema inmunitario para que sea el propio cuerpo el que termine de limpiar lo que la cirugía no pudo sacar. Estol aclara, con el tono cauto que lo caracteriza, que ambas opciones pueden ir perdiendo efectividad con el paso del tiempo, y que por eso el seguimiento oncológico continuo no es un trámite, es parte del tratamiento.
“Si el nódulo mide dos centímetros, los ganglios están libres y la pleura no presenta compromiso, la sobrevida a cinco años puede acercarse al 99 por ciento. Por eso la cirugía, cuando se puede hacer, es la mejor noticia posible.”Conrado Estol, neurólogo
Antes de cerrar la nota, me crucé en la esquina de mi casa con Jorge, un vecino del barrio de Caballito que hace años dejó de fumar y que cada vez que aparece una noticia de este tipo se queda pensando un rato largo. Me dijo algo que me quedó dando vueltas: a uno le enseñan toda la vida a cuidarse del cigarrillo, y está bien, nadie discute eso, pero después resulta que el enemigo también puede estar en otro lado, escondido, en la periferia de un pulmón que nunca molestó a nadie. Tiene razón, y por eso, más allá del caso puntual del papa y del revuelo mediático que siempre trae consigo una noticia así, lo que queda a fuego es la necesidad de hacerse los controles aunque uno se sienta sano, porque el adenocarcinoma, como me lo dijo un médico con el que hablé esta semana, es el tipo de tumor que cuando avisa, ya viene haciendo ruido desde hace rato, y en oncología, cada mes de diferencia puede cambiar de manera sustancial la historia clínica de cualquier paciente, incluido, claro está, el de un pontífice que acaba de pasar por el quirófano y que, según el parte oficial, ya camina por los pasillos del Gemelli como quien se repone de un mal trago, con la cautela del caso y la mirada puesta en lo que viene.
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