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SÁB, 17 OCT 2026
Vida

Caminar quince minutos y después ver: cómo el ejercicio se cuela en la vida sexual sin pedir permiso

La fisioterapeuta Erika Lydon explica por qué moverse mejora la circulación, el descanso y el ánimo, y por qué pasarse de rosca con el entrenamiento puede terminar jugándole en contra al deseo.

FC
Facundo CamargoSociedad y vida cotidiana · · lectura 4 min
Caminar quince minutos y después ver: cómo el ejercicio se cuela en la vida sexual sin pedir permiso

La esquina de cualquier barrio porteño a las siete de la tarde se llena de gente que sale a caminar como quien sale a comprar pan. Es una imagen chica, casi sin importancia, pero sirve para empezar esta nota: a veces los cambios más visibles en la vida cotidiana empiezan por algo tan simple como poner un pie delante del otro. La actividad física, esa costumbre que muchos arrastran como una deuda pendiente, tiene efectos que van bastante más allá de la marca en el reloj o del pantalón que vuelve a cerrar. Uno de ellos, menos hablado, es el que toca a la vida sexual. Y no como un milagro ni como una promesa de marketing, sino como un camino lento y, sobre todo, razonable.

Lo dice Erika Lydon, fisioterapeuta especializada en suelo pélvico, una de las voces que más viene insisting —perdón, insistiendo— en que la rutina se elija según el cuerpo de cada uno y no según el video motivacional del domingo a la noche. La propuesta mínima que ella pone sobre la mesa es tan terrenal como arrancar con caminatas de quince minutos. Nada de heroicidades. Nada de inscribirse en un gimnasio para ir una vez. La idea, en sus palabras, es elegir algo que resulte agradable y, sobre todo, posible de sostener en el tiempo. Porque lo que sirve, en este terreno, es la constancia, no el arranque en cámara lenta.

Una referencia, no una receta

Para la mayoría de las personas, Lydon toma como referencia general una pauta bastante conocida en América Latina y en el resto del mundo: juntar alrededor de 150 minutos de ejercicio aeróbico moderado por semana, o 75 minutos de actividad intensa, más dos días de trabajo de fuerza. Acá, querida lectora, querido lector, vale una aclaración que parece obvia y que sin embargo se olvida seguido: esa es una guía pensada para la salud general, no un tratamiento para el bajo deseo ni una garantía de que algo vaya a cambiar en la cama. La salud previa, el estado emocional, lo que cada uno vive por dentro, también pesa. Y pesa mucho.

Por qué moverse puede ayudar (y por qué a veces complica)

Cuando le preguntan por qué el ejercicio puede tener algo que ver con la función sexual, Lydon empieza por un lugar que suena casi a clase de biología: la circulación. El trabajo aeróbico, explica, le hace bien al corazón y a los vasos sanguíneos, y esa sangre que viaja con más facilidad también llega mejor a los órganos sexuales. Ese flujo, dice, interviene en la erección y puede colaborar tanto con la excitación como con la función sexual femenina. Dicho de un modo más llano y más criollo: el cuerpo es una sola cosa, y lo que le hace bien al corazón rara vez le hace mal al resto.

Después aparece el cansancio del día, esa mochila invisible que muchos vecinos del Conurbano y de la Ciudad arrastran hasta la hora de dormir. La tensión sostenida, el estar siempre a las corridas, puede complicar el interés sexual. El ejercicio, bien dosificado, suele ayudar a dormir mejor y a bajar un cambio el ánimo, lo que a su vez facilita la relajación. El entrenamiento de fuerza, sumó la profesional, puede colaborar con procesos vinculados a la energía, al estrés y al equilibrio hormonal. Siempre, eso sí, dentro de un marco razonable y sin convertir la vida en una pretemporada eterna.

Hay algo que vale la pena repetir antes de cerrar, porque es de esas frases que a uno le quedan dando vueltas: los resultados tienen tiempos distintos. Como me dijo una vez una vecina del barrio de Belgrano a la que consulté para esta nota, mientras acomodaba un macetero en la ventana —"yo empecé a caminar hace tres meses y recién ahora duermo del tirón, imaginate lo demás"—, el cuerpo lleva su propio reloj. Los cambios en el descanso y en el ánimo suelen llegar antes que cualquier otra cosa. El deseo, cuando aparece, lo hace a su manera y sin apuro. Lo importante, parece querer decir Lydon con cada una de sus respuestas, es empezar por donde se pueda, sostener lo que se arranque y, sobre todo, no exigirle al cuerpo más de lo que uno mismo le devuelve con comida y descanso. El resto, con el tiempo, suele acomodarse solo.

FC
Facundo CamargoSociedad y vida cotidiana

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